martes, 10 de enero de 2017

LAS PENSIONES, EL IPC Y LA RIQUEZA NACIONAL



     Existía en Italia, durante los años sesenta y setenta del siglo pasado, un mecanismo socioeconómico llamado la escala móvil de los salarios. Básicamente consistía en que cada seis meses o cada año los salarios de  los trabajadores italianos se revisaban al alza en función del índice de precios al consumo. Al comienzo, esta suerte de garantía para el poder adquisitivo de los asalariados se consideró como un gran éxito de la poderosa CGIL, la principal organización sindical del país transalpino.

    Pero luego se vio que aquel mecanismo que se retroalimentaba a sí mismo en una espiral interminable hacía muy difícil o casi imposible la lucha contra la inflación. Era como un dogal que la sociedad italiana se había puesto a sí misma y que amenazaba con estrangular su economía en cualquier momento.
    En España nunca tuvimos algo parecido a la escala móvil de los salarios, pero hacia el final de la década de los setenta, coincidiendo con el estreno de nuestra democracia, la inflación estaba desbocada. En los Pactos de la Moncloa se acordó un cambio para la negociación colectiva que, aparentemente, suponía un fuerte sacrificio para los trabajadores: ya no se negociaría en función de la inflación pasada, sino de la inflación futura prevista. De modo que en el año 78, año de la Constitución, se recomendó para los convenios colectivos una subida de sólo el 22% , cuando la inflación del año 77 había sido del 28%. Ciertamente estábamos ante una pérdida de poder adquisitivo, tal como solemos medirla, pero a cambio la economía entró en una senda de estabilización, si bien el objetivo de llegar a unas tasas de inflación aceptables no fue cosa de poco momento. Hoy en día nadie se atrevería a decir que los trabajadores españoles han perdido poder adquisitivo en los últimos cuarenta años, aunque sí que se ha perdido en estos años de dura recesión que comenzaron hace ya casi una década.

     Italia tuvo que renunciar a su escala móvil para el conjunto de la masa salarial del país, ¿podríamos nosotros mantenerla para una masa salarial – la de los pensionistas – que crece año tras año y que ya representa más de un tercio de la masa salarial de todo el país? Difícilmente a corto plazo e imposible a medio y largo plazo.

     Cuando se habla de las pensiones y su poder adquisitivo, parece dominar en el subconsciente colectivo la idea de que los mayores constituyen la parte más vulnerable o más empobrecida de la sociedad. Es una idea falsa, distorsionada, y más falsa cada año que pasa. En la década y media transcurrida desde que entramos en el nuevo siglo la pensión media de jubilación  abonada por la Seguridad Social ha pasado de 535 euros mensuales a 1044.  En ese mismo periodo, el salario medio que cobran los trabajadores españoles, según el Instituto Nacional de Estadística, ha pasado de 1384 a 1670 euros mensuales. Hablamos en ambos casos de ingresos brutos, antes de impuestos y cotizaciones. Al mismo tiempo, desde enero de 2000 hasta noviembre de 2016 el índice general de precios al consumo se ha incrementado en un 44,4%.


     Lo que podemos afirmar, a la vista de estos datos, es que el conjunto de los pensionistas está en enero de 2017 mucho mejor de lo que estaba en enero del año 2000, puesto que la cuantía media de las prestaciones de jubilación se ha incrementado en un 95% . Y el conjunto de los asalariados está  bastante peor, ya que el sueldo medio sólo ha crecido un 20,7%, 24 puntos menos del alza que han experimentado los precios. La comparación se torna aún más favorable para quienes ya disfrutan de su merecido retiro si tenemos en cuenta que las pensiones sólo pagan el Impuesto sobre la Renta, mientras que a los salarios se les descuenta dicho impuesto y además las cotizaciones sociales.
     El Gobierno, que es quien tiene que afrontar la tarea hercúlea de abonar puntualmente la nómina de los pensionistas, ha optado un año más por la subida más pequeña posible: un 0,25%. Y algunos dirigentes de UGT han aprovechado la festividad de los Magos de Oriente para repartir sacos de carbón por las sedes gubernamentales, impelidos quizá por esa idea de que los pensionistas son la parte más débil de nuestra sociedad.



     Si no se cambian las normas actuales, yo me atrevo a pronosticar que, a pesar de esa subida tan raquítica, el conjunto de los pensionistas estará dentro de 15 años mejor de lo que está en enero de 2017. Por una sencilla razón: las prestaciones que reciben los nuevos pensionistas son mejores, por término medio, que las que recibían los que salieron del sistema por fallecimiento. Entre 2001 y 2016, el PIB español ha crecido a una tasa anual del 3,15% mientras el gasto en pensiones subía al 4,99%. Si proyectamos esas tasas hacia el futuro, para 2030 estaríamos dedicando más del 15% de la riqueza nacional al pago de las pensiones. La subida anual del 0,25, tan criticada y tan ridícula en término cuantitativos, impedirá que nos acerquemos tan deprisa a unos límites insostenibles a todas luces.  
 




 



     





viernes, 30 de diciembre de 2016

LA SUBIDA DE LAS PENSIONES PARA 2017: DESEANDO UN FELIZ AÑO NUEVO PARA TODOS



     El problema de las pensiones, o la cuestión para decirlo en unos términos más apropiados, no es la cuantía individual de las mismas, que sigue siendo modesta y en ocasiones muy escasa, sino las dimensiones colosales de la cifra que suman todas juntas. Se pagan actualmente unos nueve millones y medio pensiones y la cantidad crece a un ritmo de unas 200.000 personas más cada año. La nómina mensual supera los 9000 millones de euros, de manera que a los responsables de este negociado les tiemblan las piernas cuando se acercan las fechas de las pagas extra.

    En los últimos ejercicios, el Partido Popular, que tanto advertía sobre las presuntas intenciones socialistas de “meter la mano en la hucha de las pensiones”,  ha preferido tirar de esos ahorros en lugar de cubrir el déficit de la Seguridad Social con la emisión de deuda pública. Quizá debiera haber hecho esto último (que  de todos modos lo va a tener que hacer) en lugar de dar pie a ciertas visiones catastrofistas sobre nuestro sistema público de pensiones.
    
     Y si a los responsables (léase los ministros Montoro y Báñez) les tiemblan las piernas cuando llegan las pagas extraordinarias, qué decir del vértigo que sienten cuando llega la hora de hablar de la subida anual. En la actualidad, después de años subiendo con arreglo al IPC, el incremento de las pensiones tiene un “suelo” del 0.25% para los años de vacas flacas y un “techo” del IPC + O,50% para los años de vacas gordas. Pero vacas gordas, lo que se dice gordas, parece que no vamos a ver en mucho tiempo. Así que para este 2016 que ya casi termina se anuncia una pequeña pérdida de poder adquisitivo de las pensiones, después de dos o tres ejercicios de leves ganancias gracias al período de inflación negativa que hemos atravesado.    
     


     Con vistas a 2017, todo parece indicar que habrá un repunte de los precios, casi con toda seguridad por encima del 0,25 que quiere subir el Gobierno del PP. Los sindicatos y la oposición parlamentaria han pedido un incremento del 1,2% que tiene algunas posibilidades de salir adelante en el Parlamento mediante enmienda parcial a los presupuestos del Estado. ¿Qué pasaría si tal cosa ocurriera? Veamos algunas cifras.

      El gasto total previsto para 2016 asciende a unos 135.000 millones de euros. Una subida del 1,2% supone 1600 millones más, a lo que habría que sumar el gasto de pagar a los nuevos pensionistas que se incorporarán al sistema en 2017. Los “nuevos” a día de hoy se jubilan con pensiones mejores que las ya existentes, y atender sus derechos puede suponer un gasto adicional de otros 3000 millones de euros. De modo que el gasto total pasaría de 135.000 millones a unos 139.500. Esto representa un crecimiento del 3,33% en el gasto anual para pagar las pensiones. 
      Si tenemos en cuenta que nuestro PIB previsto para 2016 asciende a 1,115 billones de euros, podemos decir que el gasto actual representa el 12,10% de la riqueza total que produciremos los españoles  en 2016 y pasaría a representar el 12,08 en 2017, siempre y cuando tengamos un crecimiento nominal (crecimiento real más inflación) de al menos el 3,5%. El crecimiento real previsto por el Gobierno en sus comunicaciones a Bruselas es del 2,5%.

     Esta relación entre el gasto en pensiones y el PIB es absolutamente crucial, mucho más decisiva que la relación entre activos y pasivos o cotizantes y no cotizantes. Por una sencilla razón: la recaudación necesaria se puede cubrir con cotizaciones o con impuestos, pero si el porcentaje de riqueza que se dedica a las pensiones supera un cierto límite, nos quedaremos sin margen para otras políticas de gasto, como la educación, la sanidad, la protección por desempleo, la conservación de las infraestructuras, etc.  ¿Cuál es ese límite? Nadie lo ha fijado hasta ahora con precisión y no existe una cifra  mágica, pero sí existe el consenso de que nos acercamos año tras año a ese tope.
     En 2001, primer ejercicio del presente siglo, el gasto en pensiones ascendía a 65.000 millones y el PIB a 700.000. Quince años después, el presupuesto de las pensiones se ha duplicado mientras que el producto nacional sólo ha crecido (en términos nominales) un 60%. Y así la nómina de los pensionistas ha pasado de representar el 9,3% del producto al 12,10%. Un incremento de casi dos décimas de PIB por año, incremento que, obviamente, no puede continuar por tiempo indefinido. Podría decirse, pues, que la contención del gasto en pensiones es una necesidad tan ineludible como la contención en el consumo de agua cuando uno se dispone a emprender una travesía por el desierto.

     De modo que si la limitación del gasto es una obligación ineludible, parece que lo más lógico es aplicar la subida del 0,25% prevista en la ley y defendida por el Gobierno, lo cual no impedirá que siga subiendo la cuantía de la pensión media, que ya está cerca de los 1050 euros mensuales para el caso de las pensiones contributivas por jubilación. Compárense esos 1050 euros mensuales con las cifras de los salarios más frecuentes que hoy día se pagan en España. Cierto que habrá una pequeña pérdida individual de poder adquisitivo. Pero hay una realidad con la que tendremos que aprender a convivir y que ningún político reconocerá rotundamente, salvo que sea una Juana de Arco dispuesta a inmolarse en la plaza pública: ese deslizamiento a la baja del poder adquisitivo de las pensiones (confiemos en que no muy pronunciado) es el precio que habremos de pagar a cambio de la seguridad de recibir puntualmente nuestra nómina de jubilados cada día 30.  

                                          FELIZ 2017      
 

     
     



     



     

 

martes, 6 de diciembre de 2016

HASTA LA VICTORIA (DE LA DEMOCRACIA) SIEMPRE

Aquí os ofrezco, queridos lectores de Zulema Digital, el texto publicado hace unos días en el diario Alcalá Hoy, con ocasión de la muerte del líder de la revolución cubana.



     Resulta un poco estomagante este culto a la personalidad desatado en Cuba con ocasión de la muerte de Fidel Castro. Para ser sincero, debo decir que no veo grandes diferencias entre las colas de gente para desfilar por delante de su retrato en la Plaza de la Revolución y las que se dieron aquí hace 41 años con ocasión de la muerte de otro dictador cuyo nombre no merece figurar en este medio de información y opinión libres.
  “La historia me absolverá”, había dejado escrito Castro a modo de justificación de sus decisiones más controvertidas y de sus actos más sangrientos. “La historia le juzgará”, ha dicho en estos días el prudente y templado Barack Obama, haciendo equilibrios para no molestar a los cubanos y tampoco a la opinión pública de su propio país. Pues bien, quizá podamos juzgarlo ya hoy, con sus cenizas aún calientes, a la luz de las palabras dichas por otro gran hombre del siglo XX en la hora de su muerte: “sepan ustedes, ciudadanos de mi querida patria chilena, que mucho más temprano que tarde se abrirán las grandes alamedas por las que pase el hombre libre para construir una sociedad mejor”.
      ¿Se han abierto en Cuba, durante los sesenta años de poder castrista, las grandes alamedas por las que pasan los hombres libres para construir una sociedad mejor? La respuesta, lamentablemente, es no. Y con eso me parece que está dicho casi todo. Ni la revolución Bolchevique ni la revolución Maoísta ni la revolución Cubana ni la revolución Sandinista ni ese adefesio al que llaman revolución Bolivariana han conseguido hacer realidad los sueños de justicia y libertad que inspiraron a quienes lucharon y dieron sus vidas por ellas. Algunos, como aquellos Mencheviques rusos insultados y vilipendiados por Lenin y los suyos, lo tenían muy claro desde el principio: la toma del poder al asalto y la consiguiente supresión de las libertades políticas y sindicales no conducirían a la eliminación de la explotación del hombre por el hombre, sino a la implantación de una nueva y feroz tiranía.
     Pero otros muchos, en muchas partes del globo, siguieron creyendo – o seguimos creyendo- que el camino para acabar con las injusticias del capitalismo y del imperialismo era la dictadura del proletariado, sin darnos cuenta de que una y otra vez tales intentos degeneraban en la dictadura de un solo hombre que se creía en posesión de la verdad absoluta. Es verdad que la dictadura cubana no ha sido un horror de magnitud comparable a la dictadura estalinista, pero lo cierto es que a Castro tampoco le temblaba mucho la mano a la hora de enviar al paredón a sus enemigos o a quienes se atrevían a poner en cuestión su poder absoluto en la isla.
     Y ahora va el Secretario General de lo que queda del Partido Comunista de España, José Luis Centella, y nos dice que “Castro es lo mejor que ha dado América Latina, un ejemplo de comunista”. Y se atreve a comparar a Castro con el poeta comunista español Marcos Ana, recientemente fallecido a la edad de 96 años. Eso es poner a las víctimas y a los verdugos en el mismo plano, querido Centella. Castro pudo haber sido una víctima, y de hecho lo fue temporalmente, de la dictadura de Batista; pero su movimiento triunfó y con ese triunfo él acabó siendo un verdugo para muchos. Si Castro es un ejemplo y un referente para los comunistas, entonces debemos deducir que el proyecto político del señor Centella es implantar en España una dictadura como la que padecen los cubanos.



     Desde mi punto de vista, lo que se había demostrado en Cuba, como en otros muchos sitios y desde mucho antes de la muerte de Castro, es el fracaso gigantesco que ha supuesto el movimiento comunista, después de haber despertado grandes esperanzas en una buena parte de la humanidad en los albores del siglo XX. En donde Marx había previsto un extraordinario desarrollo de las fuerzas productivas que conduciría a una sociedad de la abundancia donde cada uno daría “según su capacidad” y recibiría “según sus necesidades”, lo que ha aparecido es ineficacia económica, estrecheces materiales y ausencia asfixiante de libertades. No hay mejor metáfora de lo que ha sido el comunismo y de lo que ha sido el régimen castristra que esos bellísimos edificios de La Habana cayéndose literalmente a pedazos.
 


jueves, 6 de octubre de 2016

RESTAÑEMOS LAS HERIDAS, COMPAÑEROS

     Lo ocurrido en el Comité Federal del PSOE el sábado día 1 de octubre fue más allá de lo que habríamos podido imaginar unos días antes. Las líneas que siguen, queridos lectores, las escribí para el diario digital Alcalá Hoy y quieren ser una aportación a lo que debería ocurrir en las pocas semanas que quedan para evitar unas nuevas elecciones.

     Los medios de comunicación han empleado en estos días muchos calificativos,  a cual más negativo, para describir lo ocurrido en la reunión del Comité Federal del PSOE. Pero me parece que se han olvidado de subrayar el mérito enorme de haber encontrado un camino hacia la salvación en aquel caos de gritos, lágrimas y desesperación.

     El Partido Socialista se ha puesto a sí mismo en una situación extremadamente difícil, pero las cosas podrían haber ido por derroteros aún más dramáticos. La dimisión de Pedro Sánchez, luego de comprobar que había perdido la mayoría en el máximo órgano de decisión entre congresos, y el nombramiento de una comisión gestora abren la posibilidad de encontrar una solución que permita dos cosas: acabar con el bloqueo político que sufre España desde hace casi un año y recomponer con calma al PSOE como fuerza de oposición, primero, y como partido de gobierno, después. Los socialistas tienen ahora en su mano la oportunidad de adoptar una decisión que irá en bien de la sociedad española en su conjunto y en bien de su propio partido.
 


      El ex-ministro Josep Borrell, con su brillantez legendaria, ponía el otro día el dedo en la llaga a las puertas de la sede socialista: quienes sean partidarios de la abstención frente al PP, que lo digan donde deben decirlo. He aquí una de las causas de la crisis: salvo Felipe González, que sigue siendo un referente de primera magnitud pero ya no forma parte de la dirección, ningún dirigente socialista se atrevió a decir ni dentro ni fuera del Comité Federal lo que había que decir. Nadie quiso asumir el coste de defender que había que dar luz verde al PP, estaban convencidos de que no quedaba otra salida, pero querían que fuera Pedro Sánchez quien se “quemase” defendiendo una posición que levantaba ronchas en amplios sectores de las bases socialistas. Sánchez pudo quedar como un hombre de estado si hubiera tomado el camino de explicar a sus militantes y a sus votantes las muchas razones por las que era conveniente permitir la puesta en marcha del gobierno que España está necesitando con urgencia. Pero Sánchez optó por el camino más escarpado: les hizo una peineta a los barones y demás dirigentes críticos y les dijo “no seré yo quien se coma ese marrón”.

     Ahora ha surgido un hombre bueno, de trayectoria sin tacha según parece, dispuesto a comerse el marrón. Lo malo es que el marrón, después de las falacias dichas y del sectarismo a calzón quitado practicado en estos meses, tiene el aspecto de un sapo repugnante. Pero lo cierto es que Javier Fernández, el asturiano de braveza, tiene razón: lo peor de todo serían las terceras elecciones y una abstención no es lo mismo que el apoyo explícito. Y cabría añadir que una abstención no es una traición ni una rendición y tampoco un desdoro para nadie. 
     Algunos, como los dirigentes del PSC, absolutamente cobardes a la hora de plantar cara a los secesionistas, se han puesto muy gallitos frente a la Gestora presidida por Fernández: si hemos de cambiar de posición, deberán decidirlo los militantes. ¿Y por qué no todos los votantes y simpatizantes del PSOE? O mejor aún, ¿por qué no toda la sociedad en su conjunto? Si es verdad que los partidos son instrumentos al servicio de la sociedad, ¿qué habría de malo en que el PSOE hiciera aquello que le pidiera la mayoría de los ciudadanos españoles?

      La democracia plebiscitaria frente a la democracia representativa ha sido siempre la herramienta favorita de los dictadores y los demagogos. La comunión directa entre el líder, o el caudillo, y el pueblo como la forma más expeditiva de convalidar cualquier clase de tropelías. Así que los miembros del Comité Federal del PSOE, encabezados por su Gestora, harán bien en no temer a las bases socialistas, y explicarles lo que es necesario hacer, que no es otra cosa que dar luz verde mediante la abstención a un Gobierno encabezado por Mariano Rajoy. El tiempo apremia y la maniobra de hacer virar al trasatlántico no es fácil. Pero ahora hay un argumento que hasta los más obtusos o radicalizados no podrán rechazar: lo que le conviene a España (que no haya elecciones) le conviene también al Partido Socialista Obrero Español. Después habrá tiempo para debatir con calma y quizá recuperar la confianza de los ciudadanos haciendo una oposición constructiva y fructífera.


viernes, 23 de septiembre de 2016

A LAS URNAS POR NAVIDAD


     Escribo estas líneas unas horas antes de que concluyan las campañas electorales en Euzkadi y Galicia, con el desasosiego que me produce la certeza de que nuestros representantes políticos no encontrarán la manera de evitar unas nuevas elecciones generales. El Jefe del Estado hizo desde la tribuna de Naciones Unidas un llamamiento que parece haber caído en saco roto, puesto que ninguno de los protagonistas ofrece indicios de que vaya a cambiar de posición. Los milagros ocurren muy raramente, Sancho, le dice Don Quijote a su escudero en una de sus descalabradas aventuras. Y uno tiene la impresión de que este otoño que acabamos de estrenar no pinta bien para los milagros políticos en España.

     Recapitulemos un poco, ya que la tarea más ardua será encontrar una razón, o varias, para salir de casa y encaminar nuestros pasos hacia el colegio electoral. El Partido Popular ganó las elecciones de diciembre pasado, si bien es cierto que con una mayoría insuficiente para asegurarse el gobierno de la nación por sí mismo. Había otras mayorías posibles y Pedro Sánchez, el líder socialista, tuvo el valor de intentarlo. También el acierto, puesto que el líder de los conservadores, como esos toreros que se convierten en competencia de la Guardia Civil cuando la cara del morlaco les asusta un poco, había dado la espantá. Pero el intento de Sánchez fracasó y ahí comenzó un camino que puede llevarle a convertirse en un Secretario General de infausto recuerdo para los socialistas.
     Probablemente lo mejor para todos, incluida la necesaria regeneración democrática que tantos reclaman, habría sido que Podemos diera luz verde a un ejecutivo encabezado por Sánchez. Pero esa era una opción muy poco realista, porque la línea mayoritaria en Podemos, como se está viendo ahora, es que ellos no han venido a la política española para regalarle el gobierno a los socialistas a cambio de nada, sino para desplazarlos como fuerza hegemónica de la izquierda y, en todo caso, tratar con ellos de igual a igual. Y no se olvide otro hecho decisivo: Sánchez necesitaba la abstención de los de Iglesias, pero también de los nacionalistas y soberanistas de variado pelaje.
     Una vez consumado el fracaso de Sánchez, la mejor opción era dejar vía libre a un gobierno encabezado por el ganador de las elecciones. El líder socialista debería haber adoptado esta decisión por patriotismo, por sentido de estado,  o por la ética de la responsabilidad frente a la ética de los valores morales. Y tendría que habérselo explicado a sus militantes y electores. ¿Recuerdan a Felipe González y al resto de dirigentes socialistas explicando a los ciudadanos españoles por qué había que votar sí a la OTAN cuando ellos habían prometido que pedirían el no?  Aquello sucedió hace más de 30 años y ya se sabe cuán frágil tenemos la memoria. El caso es que los socialistas y el resto de fuerzas parlamentarias se aferraron a su no al PP y fuimos a las elecciones de junio. Quizás el Secretario General del PSOE confiaba en que los electores premiaran el meritorio intento que había compartido con Ciudadanos. Pero no sucedió nada de esto: el Partido Popular, que tenía una ventaja de 33 escaños frente al PSOE, consiguió incrementarla hasta 52. El mensaje emanado de las urnas tenía tres aspectos evidentes: el electorado no aprobaba los intentos de descabalgar al PP a toda costa, el electorado seguía apostando por el pacto y el entendimiento entre las fuerzas políticas y el electorado prefería rotundamente que en ese pacto y ese entendimiento estuviera incluido el PP.

     Pero después de las elecciones de junio, los dirigentes socialistas, en lugar de aceptar con humildad e inteligencia le mensaje salido de las urnas, han llevado su negativa a cualquier entendimiento con los populares hasta el extremo de votar no a un candidato que ya había conseguido el apoyo expreso de 170 diputados, al borde de la mayoría absoluta.  El empecinamiento va incluso más allá y ya hemos sabido que Sánchez va a comunicar  al Comité Federal del próximo día 1 su propósito de hacer un nuevo intento. Esta vez no puede contar con Ciudadanos, así que lo va a intentar con Podemos  y con los partidos nacionalistas e independentistas.

     Es prácticamente imposible que el Comité Federal pueda cambiar el rumbo trazado por Sánchez, y el Partido Socialista se enfrenta al peligro de sufrir uno de los peores estallidos internos de toda su larga historia. Un estallido mucho peor que el de 1979, cuando Felipe González renunció a la Secretaría General por el asunto del marxismo en los estatutos del partido. Para evitar ese peligro, al menos a corto plazo, es probable que del Comité Federal salga un inestable equilibrio de fuerzas basado en el no a Rajoy y  no a un gobierno con los nacionalistas. Esto nos coloca directamente en la recta final hacia unas nuevas elecciones, porque en marzo no fue posible un gobierno con Ciudadanos apoyado desde fuera por Podemos y ahora no será posible un gobierno con Podemos apoyado desde fuera por Ciudadanos. Siempre queda la posibilidad de que ocurra algo inesperado, pero treinta días después del Comité Federal se acabará el plazo para investir a un jefe de gobierno y empezará a correr el tiempo para una nueva cita con las urnas. Vamos a tener mucho tiempo para reflexionar sobre si vale la pena o no cumplir una vez más con nuestro deber de ciudadanos libres.
 

lunes, 5 de septiembre de 2016

PATRIOTISMO, MORALIDAD Y PRAGMATISMO

Queridos lectores de Zulema Digital: después de las vacaciones de verano, vino el debate de investidura en el que sucedió lo que se había anunciado. Rajoy fracasó, aunque lo cierto es que se quedó a tan solo seis votos de la mayoría absoluta. Otros antes que él - entre ellos el añorado Suárez - gobernaron con menos votos a favor. Aquí os ofrezco el artículo publicado en Alcalá Hoy después de la segunda votación de investidura.



Desde hace tiempo se nos agotaron las palabras para describir lo que está pasando en España desde las elecciones de diciembre del año pasado. En el último debate se habló mucho de fidelidad a los principios, de cumplir las promesas hechas a los electores, de moralidad, regeneración y nuevas políticas más pegadas a las necesidades de la gente. Pero a la hora de la verdad se cometió una de las mayores indecencias que ha sufrido la democracia española en las últimas décadas. La  indecencia de empeñarse en decir no a un candidato que había logrado reunir el apoyo explícito de 170 diputados, a tan solo seis de la mayoría absoluta. La indecencia de colocar al país entero ante la perspectiva de unas nuevas elecciones, sin que se pueda tener en absoluto la certeza de que esa nueva convocatoria resolvería de una vez por todas la cuestión.

     Difícilmente los constituyentes del 78 habrían podido imaginar que algún día  llegaríamos a padecer un bloqueo como el actual. Si lo hubieran sospechado, quizá habrían establecido para la elección del jefe de gobierno un procedimiento similar al establecido para la elección del presidente del congreso: en urna y con papeleta secreta y no por llamamiento nominal y voto de viva voz. No podemos estar seguros, pero es muy probable que en las votaciones de los pasados miércoles y viernes habría salido un resultado favorable al candidato si el voto hubiera sido secreto. En las circunstancias actuales, dado el sectarismo radical en que ha caído la política española, cualquier diputado que se salga del carril marcado por la dirección del partido se juega su carrera política. Y no es fácil que el espíritu patriótico de hacerle un favor a la ciudadanía pueda  pesar más que el deseo de conservar el escaño.

     La política es el arte de hacer posible lo necesario, y de hacerlo con los mimbres de que uno dispone en cada momento, no es el mundo de los imperativos morales llevados hasta el extremo del martirio o el suicidio. El país necesita un gobierno, no puede estar repitiendo las elecciones indefinidamente,  y si no se dispone de una alternativa viable, hay que dejar que gobierne quien ha obtenido un respaldo mayoritario, aunque esa mayoría no sea una mayoría absoluta. Así de simple.

     Resultó un tanto patético el llamamiento de Pedro Sánchez a las “fuerzas del cambio” para elaborar esa posible alternativa, intento que ya fracasó tras las elecciones de diciembre y que volverá a fracasar ahora posiblemente antes de nacer. A lo mejor es verdad que lo más adecuado para España en esta hora sería un gobierno apoyado por PSOE, Podemos y Ciudadanos (dos manifiestos de políticos y ciudadanos destacados en diferentes campos se han publicado durante las últimas semanas en este sentido) pero los partidos de Iglesias y Rivera se han apresurado a declararse incompatibles. Y para completar el cuadro, los nacionalistas, que dieron su voto a Aznar en el año 2000 cuando no los necesitaba para nada, ahora plantean exigencias exorbitantes a cambio de una mera abstención. Por eso cabe hablar de indecencia  para calificar lo ocurrido en el Congreso la semana pasada.


     Lo más grave del bloqueo  que padecemos desde diciembre es la excelente oportunidad que está dejando pasar el Partido Socialista para imponer o pactar algunas reformas que redundarían en beneficio de toda la ciudadanía. Reformas en sanidad, en educación, en pensiones, en derechos laborales y libertades públicas, etc. La estrella de todas ellas es esa reforma de la Constitución que el PSOE viene defendiendo desde hace años y con la que podría resolverse, según su criterio, el conflicto territorial que nos incordia. Es muy dudoso que cualquier reforma imaginable que pudiera pactarse fuera suficiente para dar satisfacción a unos partidos nacionalistas aferrados a sus exigencias extremas. Pero en todo caso, ¿con quién creen los dirigentes socialistas que deberían negociar esa reforma? ¿Acaso no comprenden que sin el PP la posible reforma es simplemente inviable? 
     El PSOE tuvo en su mano la posibilidad de dar luz verde a la formación de gobierno tras las elecciones de diciembre. No lo hizo y salió perjudicado seis meses después. Podemos tuvo en su mano la posibilidad de liquidar la etapa de Rajoy y dar luz verde a un gobierno socialista con el que habría podido pactar desde su fortísima representación parlamentaria. No lo hicieron y ni ellos ni la gente que tanto invocan ganaron nada. Cabría exigir un poco de pragmatismo a las dos fuerzas de la izquierda española para aceptar que ni ellos ni la sociedad en su conjunto tienen nada que ganar con una nueva convocatoria a las urnas. También cabría pedir un gesto de patriotismo a Rajoy para que acepte retirarse a cambio de garantizar la elección de otro candidato del PP. Pero qué sentido tendría un sacrificio como ese cuando los propios socialistas han reiterado que su no es extensivo a cualquier candidato propuesto por los populares. Lo dicho, no hay palabras para calificar lo que está sucediendo ante nuestros asombrados ojos.


miércoles, 27 de julio de 2016

DE RONDAS, TEATRILLOS E INVESTIDURAS

Un mes después de las elecciones de junio nos encontramos ante un bloqueo impensable. Aquí os ofrezco un texto escrito para el periódico digital Alcalá Hoy. Ojalá que las pesadillas no acaben convirtiéndose en realidades.


     Este jueves concluye la ronda de contactos de Felipe VI con los líderes de las fuerzas políticas que tienen representación en el Parlamento. La esperanza, dice el refrán español, es lo último que se pierde, pero ya tenemos dibujada en el horizonte, con nítidos y amenazantes perfiles, la peor de nuestras pesadillas: una nueva convocatoria a las urnas, quizás para finales del mes de noviembre. Como tantas otras veces en nuestra historia, nos sobra cainismo y nos faltan un poco de imaginación y una pizca de generosidad. También es verdad que podríamos traer a colación algunos momentos memorables de nuestra historia en los que hemos sido capaces de arrinconar nuestros peores defectos para poner en juego nuestras mejores virtudes. Ejemplos de los que podrían extraer la inspiración necesaria nuestros políticos actuales, y de ahí que aún se atisbe un resquicio de esperanza.

     Lo más incomprensible de nuestro bloqueo actual es que algunas fuerzas políticas (singularmente el Partido Socialista, pero no es el único) se niegan a adoptar decisiones que nos beneficiarían a todos y que redundarían en beneficio propio para ellas. España, la sociedad española, necesita que haya un gobierno cuanto antes y todos coinciden en que unas terceras elecciones serían catastróficas. Luego quien se avenga a facilitar ese bien superior que es que tengamos gobierno y la maquinaria constitucional funcione sin sobresaltos, tendrá el agradecimiento de la gente, agradecimiento que probablemente (no es seguro, pero sí probable) se traducirá en votos cuando llegue el momento.

      Ciudadanos, a quien ahora los socialistas parecen zaherir gratuitamente colocándolos entre los “afines” al PP, ha dado un paso muy importante: siguen sin querer pactar un programa de gobierno conjunto con los populares, pero han anunciado que se abstendrá para dejar vía libre a Mariano Rajoy. Convengamos en que sería mucho pedir que el partido de Albert Rivera, después de haber pactado un programa de gobierno con los socialistas hace solo medio año, lo pactasen ahora con los populares, que encima están procesados por el asunto de Bárcenas y el borrado de ordenadores. Pero con el sí de Ciudadanos no bastaría si los nacionalistas y soberanistas no se avienen a cambiar su voto negativo por una abstención. Cabría pedir un poco de generosidad y visión de estado a los nacionalistas, pero ¿cómo pedir tal cosa a quienes apuestan hoy día por la destrucción de España? Cortesías parlamentarias, las que se quieran, pero con las cosas de comer no se juega, es decir, que nacionalistas y soberanistas tienen que se considerados un cero a la izquierda a los efectos de asegurar la gobernabilidad de España. Al menos mientras se mantengan en sus reclamaciones actuales.

     Miremos ahora a la izquierda, porque toda la presión en demanda de apoyo a la gobernabilidad se ha dirigido hacia el PSOE, pero hay otra fuerza política que también aspira a gobernar España y a la que se le puede y se le debe exigir la misma altura de miras y la misma visión de estado que se están exigiendo al Partido Socialista. Una abstención de los socialistas permitiría desencallar la situación, pero una abstención de Unidos Podemos también. Y, desde un punto de vista puramente institucional, se les podría  exigir la misma responsabilidad que al PSOE.

     Pero Unidos Podemos se está mostrando al menos coherente: su no contribución a la gobernabilidad tiene una buena coartada. Su apuesta es un gobierno de izquierdas presidido por el Partido Socialista y pactado con nacionalistas y soberanistas. Un camino hacia el abismo que numéricamente sería posible, pero de aspecto suficientemente enloquecido como para que los socialistas ni siquiera se lo planteen, aunque algunos de ellos desearían intentarlo.

     Quienes están claramente desnudos, sin una coartada creíble, son una vez más los dirigentes socialistas. Ya lo estuvieron después de las elecciones de diciembre y, pasmosamente, parecen sordos como una tapia al mensaje salido de las urnas. Incurriendo en contradicción insuperable, le piden a Rajoy que negocie con los nacionalistas, cuando ellos mismos,  en su Comité Federal, acordaron que hacer depender el Gobierno de España de los soberanistas era una línea roja que de ningún modo podía traspasarse. Y tampoco es floja la falacia de decir que, como ellos son el primer partido de la oposición, su deber es votar que no y ser la alternativa al hipotético gobierno del PP. Como si una abstención les fuera a inhabilitar para ejercer ese deseado papel de oposición y alternativa.

     Coincidiendo con las consultas del Rey hemos asistido al nuevo desafío lanzado por la mayoría soberanista del parlamento de Cataluña. Una razón más para poner en marcha de una vez la maquinaria constitucional española y que haya un gobierno en condiciones de adoptar las medidas o iniciativas que hagan falta. Vamos a ver si la sensatez consigue vencer al cainismo.