viernes, 23 de septiembre de 2016

A LAS URNAS POR NAVIDAD


     Escribo estas líneas unas horas antes de que concluyan las campañas electorales en Euzkadi y Galicia, con el desasosiego que me produce la certeza de que nuestros representantes políticos no encontrarán la manera de evitar unas nuevas elecciones generales. El Jefe del Estado hizo desde la tribuna de Naciones Unidas un llamamiento que parece haber caído en saco roto, puesto que ninguno de los protagonistas ofrece indicios de que vaya a cambiar de posición. Los milagros ocurren muy raramente, Sancho, le dice Don Quijote a su escudero en una de sus descalabradas aventuras. Y uno tiene la impresión de que este otoño que acabamos de estrenar no pinta bien para los milagros políticos en España.

     Recapitulemos un poco, ya que la tarea más ardua será encontrar una razón, o varias, para salir de casa y encaminar nuestros pasos hacia el colegio electoral. El Partido Popular ganó las elecciones de diciembre pasado, si bien es cierto que con una mayoría insuficiente para asegurarse el gobierno de la nación por sí mismo. Había otras mayorías posibles y Pedro Sánchez, el líder socialista, tuvo el valor de intentarlo. También el acierto, puesto que el líder de los conservadores, como esos toreros que se convierten en competencia de la Guardia Civil cuando la cara del morlaco les asusta un poco, había dado la espantá. Pero el intento de Sánchez fracasó y ahí comenzó un camino que puede llevarle a convertirse en un Secretario General de infausto recuerdo para los socialistas.
     Probablemente lo mejor para todos, incluida la necesaria regeneración democrática que tantos reclaman, habría sido que Podemos diera luz verde a un ejecutivo encabezado por Sánchez. Pero esa era una opción muy poco realista, porque la línea mayoritaria en Podemos, como se está viendo ahora, es que ellos no han venido a la política española para regalarle el gobierno a los socialistas a cambio de nada, sino para desplazarlos como fuerza hegemónica de la izquierda y, en todo caso, tratar con ellos de igual a igual. Y no se olvide otro hecho decisivo: Sánchez necesitaba la abstención de los de Iglesias, pero también de los nacionalistas y soberanistas de variado pelaje.
     Una vez consumado el fracaso de Sánchez, la mejor opción era dejar vía libre a un gobierno encabezado por el ganador de las elecciones. El líder socialista debería haber adoptado esta decisión por patriotismo, por sentido de estado,  o por la ética de la responsabilidad frente a la ética de los valores morales. Y tendría que habérselo explicado a sus militantes y electores. ¿Recuerdan a Felipe González y al resto de dirigentes socialistas explicando a los ciudadanos españoles por qué había que votar sí a la OTAN cuando ellos habían prometido que pedirían el no?  Aquello sucedió hace más de 30 años y ya se sabe cuán frágil tenemos la memoria. El caso es que los socialistas y el resto de fuerzas parlamentarias se aferraron a su no al PP y fuimos a las elecciones de junio. Quizás el Secretario General del PSOE confiaba en que los electores premiaran el meritorio intento que había compartido con Ciudadanos. Pero no sucedió nada de esto: el Partido Popular, que tenía una ventaja de 33 escaños frente al PSOE, consiguió incrementarla hasta 52. El mensaje emanado de las urnas tenía tres aspectos evidentes: el electorado no aprobaba los intentos de descabalgar al PP a toda costa, el electorado seguía apostando por el pacto y el entendimiento entre las fuerzas políticas y el electorado prefería rotundamente que en ese pacto y ese entendimiento estuviera incluido el PP.

     Pero después de las elecciones de junio, los dirigentes socialistas, en lugar de aceptar con humildad e inteligencia le mensaje salido de las urnas, han llevado su negativa a cualquier entendimiento con los populares hasta el extremo de votar no a un candidato que ya había conseguido el apoyo expreso de 170 diputados, al borde de la mayoría absoluta.  El empecinamiento va incluso más allá y ya hemos sabido que Sánchez va a comunicar  al Comité Federal del próximo día 1 su propósito de hacer un nuevo intento. Esta vez no puede contar con Ciudadanos, así que lo va a intentar con Podemos  y con los partidos nacionalistas e independentistas.

     Es prácticamente imposible que el Comité Federal pueda cambiar el rumbo trazado por Sánchez, y el Partido Socialista se enfrenta al peligro de sufrir uno de los peores estallidos internos de toda su larga historia. Un estallido mucho peor que el de 1979, cuando Felipe González renunció a la Secretaría General por el asunto del marxismo en los estatutos del partido. Para evitar ese peligro, al menos a corto plazo, es probable que del Comité Federal salga un inestable equilibrio de fuerzas basado en el no a Rajoy y  no a un gobierno con los nacionalistas. Esto nos coloca directamente en la recta final hacia unas nuevas elecciones, porque en marzo no fue posible un gobierno con Ciudadanos apoyado desde fuera por Podemos y ahora no será posible un gobierno con Podemos apoyado desde fuera por Ciudadanos. Siempre queda la posibilidad de que ocurra algo inesperado, pero treinta días después del Comité Federal se acabará el plazo para investir a un jefe de gobierno y empezará a correr el tiempo para una nueva cita con las urnas. Vamos a tener mucho tiempo para reflexionar sobre si vale la pena o no cumplir una vez más con nuestro deber de ciudadanos libres.
 

lunes, 5 de septiembre de 2016

PATRIOTISMO, MORALIDAD Y PRAGMATISMO

Queridos lectores de Zulema Digital: después de las vacaciones de verano, vino el debate de investidura en el que sucedió lo que se había anunciado. Rajoy fracasó, aunque lo cierto es que se quedó a tan solo seis votos de la mayoría absoluta. Otros antes que él - entre ellos el añorado Suárez - gobernaron con menos votos a favor. Aquí os ofrezco el artículo publicado en Alcalá Hoy después de la segunda votación de investidura.



Desde hace tiempo se nos agotaron las palabras para describir lo que está pasando en España desde las elecciones de diciembre del año pasado. En el último debate se habló mucho de fidelidad a los principios, de cumplir las promesas hechas a los electores, de moralidad, regeneración y nuevas políticas más pegadas a las necesidades de la gente. Pero a la hora de la verdad se cometió una de las mayores indecencias que ha sufrido la democracia española en las últimas décadas. La  indecencia de empeñarse en decir no a un candidato que había logrado reunir el apoyo explícito de 170 diputados, a tan solo seis de la mayoría absoluta. La indecencia de colocar al país entero ante la perspectiva de unas nuevas elecciones, sin que se pueda tener en absoluto la certeza de que esa nueva convocatoria resolvería de una vez por todas la cuestión.

     Difícilmente los constituyentes del 78 habrían podido imaginar que algún día  llegaríamos a padecer un bloqueo como el actual. Si lo hubieran sospechado, quizá habrían establecido para la elección del jefe de gobierno un procedimiento similar al establecido para la elección del presidente del congreso: en urna y con papeleta secreta y no por llamamiento nominal y voto de viva voz. No podemos estar seguros, pero es muy probable que en las votaciones de los pasados miércoles y viernes habría salido un resultado favorable al candidato si el voto hubiera sido secreto. En las circunstancias actuales, dado el sectarismo radical en que ha caído la política española, cualquier diputado que se salga del carril marcado por la dirección del partido se juega su carrera política. Y no es fácil que el espíritu patriótico de hacerle un favor a la ciudadanía pueda  pesar más que el deseo de conservar el escaño.

     La política es el arte de hacer posible lo necesario, y de hacerlo con los mimbres de que uno dispone en cada momento, no es el mundo de los imperativos morales llevados hasta el extremo del martirio o el suicidio. El país necesita un gobierno, no puede estar repitiendo las elecciones indefinidamente,  y si no se dispone de una alternativa viable, hay que dejar que gobierne quien ha obtenido un respaldo mayoritario, aunque esa mayoría no sea una mayoría absoluta. Así de simple.

     Resultó un tanto patético el llamamiento de Pedro Sánchez a las “fuerzas del cambio” para elaborar esa posible alternativa, intento que ya fracasó tras las elecciones de diciembre y que volverá a fracasar ahora posiblemente antes de nacer. A lo mejor es verdad que lo más adecuado para España en esta hora sería un gobierno apoyado por PSOE, Podemos y Ciudadanos (dos manifiestos de políticos y ciudadanos destacados en diferentes campos se han publicado durante las últimas semanas en este sentido) pero los partidos de Iglesias y Rivera se han apresurado a declararse incompatibles. Y para completar el cuadro, los nacionalistas, que dieron su voto a Aznar en el año 2000 cuando no los necesitaba para nada, ahora plantean exigencias exorbitantes a cambio de una mera abstención. Por eso cabe hablar de indecencia  para calificar lo ocurrido en el Congreso la semana pasada.


     Lo más grave del bloqueo  que padecemos desde diciembre es la excelente oportunidad que está dejando pasar el Partido Socialista para imponer o pactar algunas reformas que redundarían en beneficio de toda la ciudadanía. Reformas en sanidad, en educación, en pensiones, en derechos laborales y libertades públicas, etc. La estrella de todas ellas es esa reforma de la Constitución que el PSOE viene defendiendo desde hace años y con la que podría resolverse, según su criterio, el conflicto territorial que nos incordia. Es muy dudoso que cualquier reforma imaginable que pudiera pactarse fuera suficiente para dar satisfacción a unos partidos nacionalistas aferrados a sus exigencias extremas. Pero en todo caso, ¿con quién creen los dirigentes socialistas que deberían negociar esa reforma? ¿Acaso no comprenden que sin el PP la posible reforma es simplemente inviable? 
     El PSOE tuvo en su mano la posibilidad de dar luz verde a la formación de gobierno tras las elecciones de diciembre. No lo hizo y salió perjudicado seis meses después. Podemos tuvo en su mano la posibilidad de liquidar la etapa de Rajoy y dar luz verde a un gobierno socialista con el que habría podido pactar desde su fortísima representación parlamentaria. No lo hicieron y ni ellos ni la gente que tanto invocan ganaron nada. Cabría exigir un poco de pragmatismo a las dos fuerzas de la izquierda española para aceptar que ni ellos ni la sociedad en su conjunto tienen nada que ganar con una nueva convocatoria a las urnas. También cabría pedir un gesto de patriotismo a Rajoy para que acepte retirarse a cambio de garantizar la elección de otro candidato del PP. Pero qué sentido tendría un sacrificio como ese cuando los propios socialistas han reiterado que su no es extensivo a cualquier candidato propuesto por los populares. Lo dicho, no hay palabras para calificar lo que está sucediendo ante nuestros asombrados ojos.


miércoles, 27 de julio de 2016

DE RONDAS, TEATRILLOS E INVESTIDURAS

Un mes después de las elecciones de junio nos encontramos ante un bloqueo impensable. Aquí os ofrezco un texto escrito para el periódico digital Alcalá Hoy. Ojalá que las pesadillas no acaben convirtiéndose en realidades.


     Este jueves concluye la ronda de contactos de Felipe VI con los líderes de las fuerzas políticas que tienen representación en el Parlamento. La esperanza, dice el refrán español, es lo último que se pierde, pero ya tenemos dibujada en el horizonte, con nítidos y amenazantes perfiles, la peor de nuestras pesadillas: una nueva convocatoria a las urnas, quizás para finales del mes de noviembre. Como tantas otras veces en nuestra historia, nos sobra cainismo y nos faltan un poco de imaginación y una pizca de generosidad. También es verdad que podríamos traer a colación algunos momentos memorables de nuestra historia en los que hemos sido capaces de arrinconar nuestros peores defectos para poner en juego nuestras mejores virtudes. Ejemplos de los que podrían extraer la inspiración necesaria nuestros políticos actuales, y de ahí que aún se atisbe un resquicio de esperanza.

     Lo más incomprensible de nuestro bloqueo actual es que algunas fuerzas políticas (singularmente el Partido Socialista, pero no es el único) se niegan a adoptar decisiones que nos beneficiarían a todos y que redundarían en beneficio propio para ellas. España, la sociedad española, necesita que haya un gobierno cuanto antes y todos coinciden en que unas terceras elecciones serían catastróficas. Luego quien se avenga a facilitar ese bien superior que es que tengamos gobierno y la maquinaria constitucional funcione sin sobresaltos, tendrá el agradecimiento de la gente, agradecimiento que probablemente (no es seguro, pero sí probable) se traducirá en votos cuando llegue el momento.

      Ciudadanos, a quien ahora los socialistas parecen zaherir gratuitamente colocándolos entre los “afines” al PP, ha dado un paso muy importante: siguen sin querer pactar un programa de gobierno conjunto con los populares, pero han anunciado que se abstendrá para dejar vía libre a Mariano Rajoy. Convengamos en que sería mucho pedir que el partido de Albert Rivera, después de haber pactado un programa de gobierno con los socialistas hace solo medio año, lo pactasen ahora con los populares, que encima están procesados por el asunto de Bárcenas y el borrado de ordenadores. Pero con el sí de Ciudadanos no bastaría si los nacionalistas y soberanistas no se avienen a cambiar su voto negativo por una abstención. Cabría pedir un poco de generosidad y visión de estado a los nacionalistas, pero ¿cómo pedir tal cosa a quienes apuestan hoy día por la destrucción de España? Cortesías parlamentarias, las que se quieran, pero con las cosas de comer no se juega, es decir, que nacionalistas y soberanistas tienen que se considerados un cero a la izquierda a los efectos de asegurar la gobernabilidad de España. Al menos mientras se mantengan en sus reclamaciones actuales.

     Miremos ahora a la izquierda, porque toda la presión en demanda de apoyo a la gobernabilidad se ha dirigido hacia el PSOE, pero hay otra fuerza política que también aspira a gobernar España y a la que se le puede y se le debe exigir la misma altura de miras y la misma visión de estado que se están exigiendo al Partido Socialista. Una abstención de los socialistas permitiría desencallar la situación, pero una abstención de Unidos Podemos también. Y, desde un punto de vista puramente institucional, se les podría  exigir la misma responsabilidad que al PSOE.

     Pero Unidos Podemos se está mostrando al menos coherente: su no contribución a la gobernabilidad tiene una buena coartada. Su apuesta es un gobierno de izquierdas presidido por el Partido Socialista y pactado con nacionalistas y soberanistas. Un camino hacia el abismo que numéricamente sería posible, pero de aspecto suficientemente enloquecido como para que los socialistas ni siquiera se lo planteen, aunque algunos de ellos desearían intentarlo.

     Quienes están claramente desnudos, sin una coartada creíble, son una vez más los dirigentes socialistas. Ya lo estuvieron después de las elecciones de diciembre y, pasmosamente, parecen sordos como una tapia al mensaje salido de las urnas. Incurriendo en contradicción insuperable, le piden a Rajoy que negocie con los nacionalistas, cuando ellos mismos,  en su Comité Federal, acordaron que hacer depender el Gobierno de España de los soberanistas era una línea roja que de ningún modo podía traspasarse. Y tampoco es floja la falacia de decir que, como ellos son el primer partido de la oposición, su deber es votar que no y ser la alternativa al hipotético gobierno del PP. Como si una abstención les fuera a inhabilitar para ejercer ese deseado papel de oposición y alternativa.

     Coincidiendo con las consultas del Rey hemos asistido al nuevo desafío lanzado por la mayoría soberanista del parlamento de Cataluña. Una razón más para poner en marcha de una vez la maquinaria constitucional española y que haya un gobierno en condiciones de adoptar las medidas o iniciativas que hagan falta. Vamos a ver si la sensatez consigue vencer al cainismo.
 

lunes, 27 de junio de 2016

EL 26J, EL PSOE Y LA VIDA INTELIGENTE EN FERRAZ


      Recordaremos en el futuro la noche electoral del 26 de junio de 2016 por el fracaso estrepitoso de las encuestas,  que insistieron en anunciar, hasta el momento mismo de comenzar el recuento, que se iba a producir un hecho histórico: el Partido Socialista dejaría de ser la fuerza principal o hegemónica de la izquierda española. También recordaremos que los expertos demoscópicos no fueron capaces de elaborar un método para detectar el voto oculto hacia socialistas y populares. Finalmente no se produjo el esperado adelantamiento por parte de Unidos Podemos, el PSOE resistió bastante bien y el Partido Popular mejoró notablemente el resultado que había obtenido en diciembre de 2015.
     El mensaje que sale de las urnas es el mismo que en la anterior ocasión: los españoles no quieren por ahora mayorías absolutas y prefieren que los partidos negocien y se entiendan para buscar la fórmula más adecuada de gobierno. Pero en el resultado del 26J hay un matiz, que ya estaba presente el 20D y que ahora resalta con especial rotundidad: los ciudadanos quieren que ese entendimiento se produzca con el PP al frente y desaprueban los intentos de buscar acuerdos para desalojar a Mariano Rajoy de La Moncloa.


     El PSOE y Ciudadanos, los dos partidos que firmaron un pacto para intentar la investidura sin contar con el PP, han resultado castigados. Ciudadanos pierde un 20 por ciento de sus escaños a favor de los populares, muy posiblemente porque muchos o algunos de sus votantes no han visto con buenos ojos dicho pacto con los socialistas y han preferido regresar al redil de los populares. Es verdad, como se quejó Albert Rivera, en la noche electoral, que la ley electoral perjudica a los minoritarios y amplía los daños, pero la ley es la que es y hay que contar con ello. El Partido Socialista tampoco ha visto premiados sus esfuerzos casi desesperados para construir una alternativa al PP y pierde cinco escaños. Cinco escaños que no han ido a parar a Unidos Podemos, una coalición que no ha conseguido sumar los votos que Podemos e Izquierda Unida habían conseguido por separado.

     El resultado global del centro-derecha sube hasta los 169 diputados, mientras que el centro-izquierda baja hasta los 156. Es cierto que, con los datos en la mano,  el llamado “espacio progresista” podría intentar la “machada” de desalojar a Rajoy por el procedimiento de ponerse de acuerdo con toda la caterva de nacionalistas-independentistas. Si tal cosa llegara a suceder, no le arriendo la ganancia ni al PSOE ni a Unidos Podemos, porque esa fórmula de gobierno sería catastrófica para España, y cuando digo España estoy diciendo el conjunto de la sociedad española. Así que, parafraseando al economista alcalaíno (de adopción) José Carlos Díez, cabe esperar que todavía haya vida inteligente en Ferraz.  

    Resulta un poco desalentador el terco sectarismo de los socialistas negándose a ver lo que es evidente: la salud y la prosperidad de la democracia en España necesita en esta hora el entendimiento de fondo entre populares y socialistas. No es verdad que sean fuerzas antagónicas, son más bien fuerzas fronterizas, porque donde acaban los límites de una comienzan los límites de la otra, como queda demostrado con sólo comparar las políticas que unos y otros han hecho cuando han estado en el poder. No se trata de que tenga que haber una gran coalición, sino simplemente que las dos principales fuerzas políticas no pueden dedicarse  a vetarse la una a la otra, haciendo así imposible la estabilidad y la gobernabilidad de España.

    También cabe esperar de Mariano Rajoy un poco más de activismo en la búsqueda de acuerdos para formar gobierno. Algunos portavoces socialistas le han sugerido que lo intente con Ciudadanos, Coalición Canaria y el PNV.  Un consejo que viene a demostrar que los socialistas parecen ciegos frente a algunos aspectos del nuevo escenario en que estamos desde el mes de diciembre. Los nacionalistas vascos, como sus pares de Cataluña, ya han dejado claro que para pactar con ellos hay que aceptar lo que llaman la “agenda vasca”, que incluye, cómo no, el derecho a decidir, ese mantra con el que pretenden disimular la ley del embudo que desearían aplicarnos al resto de españoles. En esas condiciones, los nacionalistas, ya sean catalanes o vascos, no resultan ni aceptables ni recomendables como socios parlamentarios de ningún gobierno de España. Y si los socialistas no comprenden esto, si no aceptan con humildad y propósito de la enmienda los 52 escaños de diferencia, y se enrocan en su “no es no”, puede que no sólo vayamos hacia una nueva repetición de las elecciones, sino hacia una nueva mayoría absoluta del PP.  
 

miércoles, 25 de mayo de 2016

MENTIROSO COMPULSIVO

El Secretario General del PSOE parece no haber aprendido la lección de lo que le ocurrió en la anterior campaña electoral, cuando se permitió el desliz de calificar al líder del PP como una persona "no decente" para ocupar la presidencia del gobierno. Ahora ni siquiera ha comenzado la campaña y ya Pedro Sánchez se ha lanzado al insulto descarnado: Mariano Rajoy es un mentiroso compulsivo, ha dicho en uno de los actos preelectorales. 
Es cierto que mi opinión sobre las capacidades políticas del líder de los socialistas españoles está muy sesgada por el severo reproche que me merece su comportamiento tras las elecciones del 20 de diciembre de 2015. Pero le veo mal y tengo la impresión de que no va a conseguir inspirar en los electores la suficiente confianza como para poner en sus manos el timón de esa vieja nave con problemas a la que llamamos España. No es creíble que Sánchez y sus peones de confianza insistan tanto en la presunta incompatibilidad entre Partido Popular y Partido Socialista, cuando las políticas que han puesto en práctica desde el poder se parecen mucho, no diré que como dos gotas de agua, pero sí que se parecen mucho.  Recuérdese aquel "cueste lo que cueste y me cueste lo que me cueste" proferido por Rodríguez Zapatero en el Congreso justo antes o después de anunciar nada menos que la congelación de las pensiones.
En materia de pensiones y de mercado laboral - dos de las cosas que más afectan a la vida cotidiana de los ciudadanos - el PP lo único que ha hecho ha sido agravar las reformas que habían emprendido los socialistas. Y por otra parte, cualquier reforma para mejorar nuestra Constitución, para tener una política educativa estable, para mantener la asistencia sanitaria pública y para conservar el estado de bienestar necesita la cooperación indispensable entre socialistas y populares. A qué viene, por tanto, tanta palabrería sobre la presunta incompatibilidad.
Si en la época de la transición los líderes políticos se hubieran lanzado al insulto, a recordarse los crímenes del pasado, a destacar las incompatibilidades entre unos y otros, jamás habríamos tenido una Constitución como la que tenemos ni habríamos disfrutado de un período de estabilidad política y prosperidad económica como el que se extiende desde 1975 a nuestros días. Los electores decidieron el 20 de diciembre pasado - y parece que vamos a seguir en las mismas - que el bipartidismo se había acabado y que ahora lo que tocaba era un esfuerzo de entendimiento similar al que hubo durante los primeros tiempos de la democracia. Y evidentemente la exigencia de entendimiento incluye a socialistas y populares. Pero no es tan evidente que también incluya la operación de desalojar de la Moncloa a toda costa a ese presunto mentiroso compulsivo que hoy la habita.

viernes, 6 de mayo de 2016

¿QUIÉN TUVO LA CULPA?

Posiblemente sea esta una de las preguntas que muchos ciudadanos se harán antes de volver a las urnas el próximo 26 de junio. ¿Quién tuvo la culpa de que haya que repetir los comicios? Cada ciudadano tendrá una respuesta, y yo también tengo la mía: la culpa estuvo muy repartida, desde luego, pero la parte del león se la llevan el Partido Socialista Obrero Español y su Secretario General. El mensaje salido de las urnas el 20 de diciembre era claro: la sociedad española no quiere mayorías absolutas, pero necesita que os entendáis para hacer frente a los problemas más graves que nos afectan. Frente a ese mensaje, el sectarismo exhibido por Pedro Sánchez ( con el apoyo de todo el Comité Federal del PSOE) resulta descorazonador. No a un gobierno encabezado por el PP ni por activa ni por pasiva, ni con Rajoy ni con ningún otro líder. Y resulta que el PP, pese a la pesadísima mochila de corrupciones que arrastra, había sido el partido más votado por los españoles y había sacado 34 diputados más que los socialistas.

Es verdad que el sectarismo no es privativo de los socialistas; y los populares han dado en el pasado muestras bochornosas. Por ejemplo, el grave problema territorial que tenemos hoy planteado en Cataluña es en gran parte debido al sectarismo de los populares. Se les pidió que retiraran su recurso al Constitucional contra el Estatuto de Cataluña y no lo hicieron por puro cálculo partidista, pese a que ellos mismos promovían en otros estatutos decenas de artículos copiados literalmente del catalán. A despecho de su tendencia a envolverse en la bandera, le hicieron un flaquísimo servicio a España y sólo por eso merecerían que los españoles les hubieran apartado del Gobierno. Pero no lo hicieron y eso es sagrado en democracia, cosa que parecen no haber entendido los socialistas, que se han comportado con un sectarismo imperdonable durante los últimos cuatro meses.

Cuando escribo estas líneas han pasado sólo unas horas desde la publicación de la última encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas, que pronostica una nueva victoria del PP (aunque insuficiente) y graves dificultades del PSOE para mantener su segunda plaza frente a la casi segura alianza entre Podemos e Izquierda Unida. De nuevo estaríamos ante un panorama en el que la izquierda, para ver cumplida la obsesión de sacar a Rajoy de la Moncloa, tendría que aliarse con los partidos que, pura y simplemente, desearían ver a España borrada del mapamundi. ¿Está el Partido Socialista dispuesto a participar en un gobierno de esas características? Esperemos que no, porque si tal cosa hiciera sería una grave desgracia para toda la sociedad española y para el propio PSOE.

Y si no hay  una mayoría suficiente de izquierdas, ¿vamos a seguir con la matraca de que el PP no ni por activa ni por pasiva? España necesita un acuerdo de fondo entre los dos grandes partidos para los grandes asuntos de estado, pero no sólo para eso: necesita también que si uno de ellos no tiene capacidad para formar una mayoría suficiente, deje gobernar al otro. Lo ha dicho el otro día el propio Felipe González, que de asuntos de gobernanción y de estado entiende algo. ¿Y quién debería haber tenido luz verde tras el 20-D en vista de que el PSOE no podía formar una mayoría alternativa? La respuesta es obvia: el PP, en su condición de partido más votado. Pero Sánchez y los dirigentes socialistas no quisieron ver esto, asustados quizás por la competencia que podía hacerles Podemos por la izquierda, y ahora están a sólo un par de pasos de pagar su pecado en las urnas.

lunes, 11 de abril de 2016

EL CAMINO HACIA LA PERDICIÓN

     Ya hemos comentado en aneteriores ocasiones que repetir las elecciones no es el fin del mundo: no había sucedido nunca desde la restauración de la democracia, pero alguna vez tenía que ser la primera. Es verdad que las elecciones del 20 de diciembre de 2015 pusieron fin a un escenario político percibido muy negativamente por la opinión pública: el bipartidismo. Nos hemos pasado al menos una década y media echando pestes contra el bipartidismo y al final hemos conseguido que no haya bipartidismo, pero lo que hay desde finales del año pasado puede que nos acaba gustando todavía menos.
     Necesitaríamos unos dirigentes políticos con más cintura, con más fineza, como dicen los italianos, para hacer frente al panorama surgido de las urnas, pero parece que nuestros representantes sólo están dotados para el trazo de brocha gorda. Porque las urnas acabaron con el bipartidismo, pero no acabaron con otra carencia endémica de nuestro sistema político desde 1977: la ausencia de los partidos bisagra, esas fuerzas políticas no demasiado grandes, situadas más bien en la zona templada del espectro político y que tienen capacidad para inclinar la balanza hacia un lado u otro cuando llega la hora de formar gobierno. 
     Desde las primeras elecciones democráticas ese papel de bisagras venían jugándolo las fuerzas nacionalistas, especialmente el Partido Nacionalista Vasco y Convergencia y Unión ( ahora llamada Democracia y Libertad.) Ciertamente, estas fuerzas nacinalistas han arrimado el ascua a su sardina cuanto han podido y a veces se han comportado con un oportunismo deleznable. Por poner sólo un ejemplo: en el año 2000, cuando el PP de José María Aznar se hizo con la mayoría absoluta en el Congreso, tanto el PNV con CIU votaron a favor de su investidura a cambio de nada, simplemente para llevarse bien con el Jefe del Gobierno. Sin embargo, en 2016 estos mismos PNV y CIU - en vista de que el candidato Sánchez necesitaba o podía necesitar sus votos - han pedido nada menos que el derecho de autodeterminación a cambio de su voto favorable.
     La conclusión lógica, el acuerdo básico entre los partidos estatales, debería ser que mientras los partidos nacionalistas no se bajen del burro de sus exigencias exorbitantes quedan descartados por completo para cualquier negociación previa a la investidura. En el Congreso actual hay 25 diputados (6 PNV, 9 ERC, 8 DyL y 2 EHBildu) con los que no se debería contar ni para bien ni para mal, como si no existieran a los efectos de la formación de un gobierno para España. 
     ¿Y qué nos quedaría si hiciéramos ese descarte? Nos quedaría esto: el PP, 123 diputados; el PSOE, 89; Podemos y sus confluencias, 69; Ciudadanos, 40; IU, 2; y Nacionalistas Canarios, 2. Con estos últimos aún se puede contar, pero en el futuro también habría que excluirlos, si su comportamiento llegase a ser ( que no creo) como el de los otros nacionalistas arriba citados. En este contexto, los socialistas y su líder, Pedro Sánchez, deberían haber comprendido que no contaban con los votos necesarios para echar a Mariano Rajoy de la Moncloa. Deberían haber comprendido que el gobierno de izquierdas, o el gobierno del cambio como obsesivamente repiten una y otra vez, era inviable; que Ciudadanos es una fuerza más cercana al PP que a Podemos y que nunca podría haber un ejecutivo apoyado o integrado por PSOE, Podemos y Ciudadanos. Deberían haber comprendido que el mandato de las urnas para ellos era el de permanecer en la oposición por el momento, pero sin actuar como el perro del hortelano: ni come ni deja comer.