viernes, 12 de noviembre de 2010

IRLANDA Y EL DÍA DEL JUICIO FINAL EN LOS MERCADOS

De nuevo retumban en los mercados financieros los tambores lejanos que anuncian días de llanto y crujir de dientes para los países periféricos de la zona euro. La “movida” actual tiene a Irlanda como principal protagonista ya que, según las previsiones, concluirá este ejercicio con un casi inimaginable déficit del 32% del PIB. Los expertos afirman que la situación presupuestaria del antiguo “dragón celta” es insostenible y que su Gobierno se verá obligado a pedir el auxilio del Fondo de Rescate Europeo y quizás también del FMI.
Lo curioso del caso es que el país tiene de momento dinero suficiente para hacer frente a los pagos de intereses y vencimientos de deuda, y no necesita captar nuevos fondos hasta mediados del próximo año. Pero los mercados, ay los mercados, tratan de anticiparse a lo que vendrá en el futuro, si es que viene. Nos encontramos así con una fuerte presión vendedora que ha hecho caer la cotización de los títulos ya emitidos por la República de Irlanda hasta situar la rentabilidad en un nivel récord desde la puesta en circulación del euro: el 8,6 frente al 2,4 anual que ofrece la deuda alemana. Téngase en cuenta que cotización en los mercados y rentabilidad se mueven en direcciones opuestas.
El miedo guarda la viña, decían nuestros abuelos. Y si hay un lugar común en los mercados es que el dinero es muy miedoso, lo más miedoso que existe. El miedo está inflando la burbuja del oro, como ha explicado brillantemente en su blog personal mi buen amigo José Morilla; y el miedo es la causa de que los inversores internacionales hayan caído en el comportamiento “antinatura” de comprar la deuda alemana a unos precios que, en la práctica, significan prestar el dinero gratis. Esto es una bendición para el Gobierno de Ángela Merkel y una desgracia para todos los demás, que indefectiblemente tienen que cargar con un sambenito llamado “diferencial con la deuda alemana en puntos básicos”.
No creo que entre los lectores de ZD haya muchos interesados en comprar deuda pública emitida por el Gobierno de Irlanda. Pero imaginemos que entre nosotros vive un patriota irlandés que, además de patriota, es ahorrador y está pensando en qué hacer con su dinero. Pongamos que dispone de la muy considerable cantidad de 100.000 euros. Puede que su cabeza de inversor, prudente y temerosa, le aconseje un traslado al refugio alemán. Pero su corazón le dirá, especialmente cuando va al pub a tomarse unas pintas y oye algunos cánticos que le traen el recuerdo de su tierra verde y brumosa, que si hace eso va a ayudar a los que están empujando a su país hacia el abismo.
Nuestro hombre vuelve a casa preso en un mar de dudas y decide resolverlas tirando de calculadora. Resulta que los títulos que su Gobierno colocó en el pasado con un interés nominal del 4% ofrecen ahora el 8,6%. Esto quiere decir que un bono a diez años, con un valor nominal de 1.000 euros, puede adquirirse en el mercado por unos 750 euros. A la vista de esos números, decide hacerle caso a su corazón de patriota y transmite a su banco la orden de invertir 50.000 euros en bonos del estado irlandés. Como todavía conserva un cierto grado de prudencia y además siente grandes simpatías por España, los otros 50.000 los coloca en un depósito a plazo de los que anuncian a bombo y platillo nuestras entidades financieras. Veamos ahora los dos posibles escenarios a los que se enfrentará nuestro irlandés ahorrador.
Si los temores agoreros de los mercados no se cumplen, este hombre sentirá que la felicidad habita en su casa. Sus 100.000 euros iniciales se habrán convertido, al cabo de 10 años, en unos 164.000 si opta por gastar los intereses en celebraciones en el pub con sus amigos; y en casi 200.000 si, más virtuosamente, opta por reinvertir los intereses para así disfrutar de las maravillosas vistas que ofrece a los ahorradores el interés compuesto.
En el segundo escenario se oyen de fondo las trompetas del Juicio Final. Irlanda, de acuerdo con los pronósticos más sombríos, ha caído en default, como dicen ahora los cronistas, es decir, ha suspendido pagos y está negociando con los mandamases del FMI y de la Comisión Europea los términos del plan de rescate y reestructuración de su deuda. Nuestro hombre, azotado por el desastre, aún tiene fe en que Irlanda, con la ayuda de San Patricio y de los riñones a la plancha del Bloomsday, seguirá siendo Irlanda por los siglos de los siglos. Consigue encontrar en el fondo de su corazón el coraje para no dejarse vencer por el miedo y transmite a su banco la orden de invertir los otros 50.000 euros en unos bonos que ahora están prácticamente regalados, quizás al 40% de su valor nominal o menos.
Una vez ejecutada la orden, nuestro héroe posee 191 bonos ( 66 de la primera inversión y 125 de la segunda) que le convierten en acreedor del Gobierno de Irlanda por una cantidad total de 267.400 euros en un plazo de 10 años: 76.400 de los intereses anuales a razón del 4% al que fueron emitidos los títulos y otros 191.000 de la amortización. Naturalmente los técnicos del FMI y de la Comisión Europea, y sobre todo los “halcones” del Bundesbank, exigirán que el acuerdo para el rescate y la reestructuración de la deuda se haga con una quita sustancial, quizás del 50% o más del valor nominal de los títulos. Pero el Gobierno de Irlanda estará deseoso de recuperar cuanto antes la confianza de los mercados y exigirá que le dejen hacer honor a sus compromisos de pago. En este tira y afloja, lo más probable es que la quita no vaya más allá del 40%, lo cual quiere decir que los bonos se amortizarán a 600 euros. Nuestro inversor habrá visto recompensada la fe en su país con la obtención de unos 191.000 euros entre intereses y amortización, que tampoco está nada mal en términos de rentabilidad anual.
Nótese que en cualquiera de los dos escenarios, el optimista y el catastrófico, con los precios actuales a nuestro irlandés le sale más rentable prestarle el dinero a su propio país que prestárselo a Alemania, aunque en el transcurso de todo el episodio es probable que haya pasado alguna noche sin dormir. De todo lo cual podemos extraer algunas conclusiones.
La primera, que los mercados exageran en su valoración del riesgo país, como exageran en los bandazos que dan con la renta variable. La segunda, que no conviene dejarse arrastrar por el miedo ni por los titulares alarmistas de los medios de comunicación. La tercera, que quien dispone de una buena reserva de liquidez y de valor para jugársela en el momento oportuno es el dueño y señor del juego y puede obtener grandes beneficios cuando llegan las épocas de fuertes turbulencias. Y la cuarta, que España no es Irlanda (ni tampoco Portugal o Grecia), pero si un día llegara a serlo, lancémonos al ruedo y que Dios reparta suerte.

martes, 2 de noviembre de 2010

LAS RECETAS BASURA DEL PIQUETERO GDF

Como todo el mundo sabe, analizar el pasado es muchísimo más fácil que predecir el futuro. Los repetidos fracasos de la ciencia económica en el intento de conocer con antelación lo que va a suceder a medio o largo plazo han inspirado una definición poco caritativa de los profesionales que se dedican a esta rama del saber. Según esta definición, los economistas son unos sabios que primero pronostican cuál será el comportamiento del sistema productivo y después explican por qué no ocurrió lo que pronosticaron.
Ahora seguimos inmersos en lo peor de una crisis cuya magnitud muy poquitos vieron venir, una crisis de salida más que incierta y en relación con la cual resulta más arriesgado que nunca hacer pronósticos de futuro. Una prueba de la desorientación general son las recientes palabras del Presidente de la Reserva Federal norteamericana, Ben Bernanke, para quien “los tipos de interés al 0 por ciento resultan demasiado altos”. Pero en medio de ese desconcierto, algunos no sólo no se arredran, sino que se atreven a ofrecer recetas merecedoras de grandes titulares en los medios de comunicación. “De la crisis se sale –ha dicho en días pasados el todavía Presidente de la CEOE, Gerardo Díaz Ferrán- trabajando más y, desgraciadamente, cobrando menos”.
Quiero creer que semejantes palabras habrán reducido un poco más el número de españoles que estarían dispuestos a comprarle un coche de segunda mano al señor Díaz Ferrán. De hecho, los propios vicepresidentes de la patronal no parecen confiar mucho en él y le han convencido para que convoque elecciones. Estamos ante unas palabras que por sí mismas retratan la calidad de la gestión empresarial que es capaz de llevar a cabo el Presidente de la CEOE, gestión coronada en los últimos tiempos por "éxitos" tan clamorosos como el de Air Comet o el de Viajes Marsans. Entre las respuestas que se dieron al líder de la patronal destacó por su sensatez la de José Manuel González Páramo, miembro del Comité Ejecutivo del Banco Central Europeo: “no tenemos que trabajar más, sino trabajar mejor y ser más productivos”.
¿En qué consiste trabajar mejor? Esa podría ser, como se dice en el lenguaje de la calle, la pregunta del millón. Pero yo supongo que trabajar mejor consiste en organizar la producción y el tiempo que dedicamos a la actividad laboral de tal modo que consigamos ser más eficientes. Esa mayor eficiencia –ligada siempre a los avances tecnológicos- debería llevarnos a mantener nuestro nivel de vida o incluso a mejorarlo dedicando a ese objetivo menos horas de trabajo y disponiendo por tanto de más tiempo para el ocio, para la vida familiar y el cultivo de la propia persona.
Es verdad, según las estadísticas, que España es una de las economías desarrolladas que más competitividad (esa palabreja) ha perdido en los últimos años. Por ejemplo, en relación con Alemania ya hemos perdido un 25 por ciento al parecer. Pero resulta que los alemanes, en promedio, tienen unas jornadas anuales bastante inferiores a las españolas. Y el problema no está en los salarios que, como ya escribí antes de la huelga del 29-S, vienen perdiendo poder adquisitivo a razón de más de un punto por año desde hace bastantes años. La pelota –el problema- está en el tejado de los que tienen competencias para decidir cómo se organiza la producción, cuánto se invierte en nuevas tecnologías o nuevas infraestructuras, etc. Es decir, el problema está en el tejado de la clase empresarial y del Gobierno, porque la clase trabajadora no para de aportar nuevos sacrificios, el mayor de los cuales son los más de cuatro millones de desempleados.
Una propuesta como la de Díaz Ferrán –llevada a sus últimas consecuencias- nos retrotraería a la época de la revolución industrial. Una propuesta tan primaria, tosca y poco tecnificada nos ayudaría sin duda a ser más competitivos (como lo éramos hace más de medio siglo y por eso venían a instalarse aquí las multinacionales). ¿Pero cuál sería el precio? ¿De nuevo la vuelta a jornadas de trabajo de 16 horas diarias siete días a la semana, la supresión de las vacaciones pagadas y las pagas extra, la desaparición del salario mínimo, la anulación de los convenios? El hasta ahora líder de la patronal representa una corriente de pensamiento que desearía basar la competencia por ganar o mantener cuotas de mercado en una explotación creciente de la mano de obra. Una corriente contraria a lo que ha sido el sentido del progreso (al menos en Europa) durante los últimos siglos. Y en esa corriente contraria al sentido del progreso hay que inscribir, por desgracia, la reciente reforma laboral impulsada por el Gobierno de Rodríguez Zapatero, una reforma que ha erosionado gravemente el derecho constitucional a la negociación colectiva.
Desde mi punto de vista, una de las claves de la crisis actual y de la llamada globalización es la excesiva duración de las jornadas laborales. Esto genera un exceso de capacidad productiva que no hay forma de colocar entre los consumidores, y de ahí surgen las tensiones por las cuotas de mercado, tensiones que en el pasado desembocaron en guerras varias y que ahora mismo se están concentrando en la guerra de divisas que llevan a cabo los principales países del G-20. No es la primera vez en la historia económica que los países intentan derivar sus crisis hacia otros mediante la devaluación más o menos artificial de sus monedas. Y como ha ocurrido otras veces en el pasado, sólo un salto gigantesco en los niveles de consumo (o las necesidades de reconstrucción después de una guerra) permitirían que la maquinaria productiva global funcionase a pleno rendimiento y volviera a perfilarse en nuestro horizonte la posibilidad de conseguir el pleno empleo. El problema es que ahora sabemos que el incremento continuado del consumo mundial nos coloca frente a un desafío aún mayor que la crisis: el propio equilibrio ecológico del planeta y a más largo plazo la propia supervivencia de la especie humana.
Quizá deberíamos hacer un esfuerzo por sustituir la filosofía de la competitividad por la filosofía de la eficiencia. La primera nos lleva a un callejón sin salida en el que cada uno quiere mejorar su cuota cuando la tarta global no puede crecer lo suficiente para dar satisfacción a todos. La segunda nos abre un horizonte (utópico, si se quiere) en el que sería perfectamente posible mantener los niveles actuales de bienestar reduciendo progresivamente el tiempo de trabajo necesario para conseguirlo. Dicho en términos comerciales, la cuestión de fondo es si vamos a importar desde Europa las condiciones de explotación y miseria que se dan en otras partes del mundo o vamos a exportar al resto del planeta los avances sociales conseguidos en el Viejo Continente durante el último siglo.

lunes, 25 de octubre de 2010

RUBALCABA Y LA COMUNICACIÓN (O LA ESPERANZA DEL NUEVO GOBIERNO ZP)

La remodelación del Gobierno llevada a cabo por José Luis Rodríguez Zapatero me recuerda la que efectuó José María Aznar a medidados de 2002. Los medios de comunicación, que yo sepa, no han hecho mucho hincapié en este paralelismo y supongo que a los propios militantes y dirigentes socialistas nos les gustará mucho que les mencionen este parecido, pero el hecho es que existe. En primer lugar, porque el cambio de ministros se lleva a cabo después de una huelga general; y en segundo lugar, porque los cambios suponen la incorporación al Ejecutivo de aquellos "pesos pesados" con los que el Presidente quiere afrontar lo que le queda de legislatura.
El gran triunfador de la crisis de gobierno es Alfredo Pérez Rubalcaba, el hombre que dirigió la exitosa campaña de Rodríguez Zapatero hacia La Moncloa, el último superviviente de los gobiernos que presidió Felipe González. No sé si los lectores de ZD saben que Rubalcaba fue atleta en su juventud. Era velocista y llegó a correr los 100 metros lisos en una marca de 10,3 segundos. Pero en la política es un incombustible corredor de fondo, como esos políticos italianos que retornan una y otra vez a los puestos de mando.
Desde la Vicepresidencia Política, el Ministerio del Interior y la Portavocía del Gobierno, Rubalcaba acumula más poder que ningún otro ministro en los más de treinta años que llevamos de régimen democrático. Literalmente, Rodríguez Zapatero, se ha puesto en sus manos para que dirija las operaciones con vistas a las elecciones de 2012. ¿Será Rubalcaba capaz de elaborar los mensajes políticos que necesita ZP para darle la vuelta a las encuestas? Yo creo que sí elaborará esos mensajes, pero lo tiene muy difícil, porque su jefe ha cometido el peor de los errores, que es traicionar a su electorado. El desafío para él es apasionante y para quienes somos aficionados a seguir los acontecimientos de la vida pública se abre un periodo muy estimulante y puede que también muy divertido.

miércoles, 6 de octubre de 2010

FORRADOS DE ORO

Era costumbre antigua en España la de colocarse uno o varios dientes de oro como signo externo e indiscutible de riqueza y prosperidad. Con el paso del tiempo, sin embargo, el metal precioso ha perdido todo atractivo estético para el arreglo de dentaduras, pero sigue conservando todo su poderío como uno de los instrumentos predilectos para materializar o acumular la riqueza, especialmente cuando llegan las épocas de crisis. Un material que ha sido la medida de todas las cosas a lo largo de la historia universal. Relativamente fácil de extraer y fabricar, fácil de contar y de almacenar: pensándolo bien, resulta asombrosos el parecido entre un lingote y un ladrillo. Y hasta podríamos lanzarnos a especulaciones sobre qué se inventó primero, si los lingotes o los ladrillos.

Como estamos en época de crisis (también en época de capitales que buscan desesperadamente un lugar seguro y a resguardo de las miradas del fisco) el oro vuelve por sus fueros como valor refugio. Los “chiringuitos” dedicados a la compra de joyas, en los que invariablemente se ofrece pago al contado y en efectivo, han florecido como las setas. No habíamos visto cosa igual desde la época en que eclosionaron los videoclubes. Los telediarios han contado que ya hay quien ha instalado máquinas expendedoras para vender onzas de oro como quien vende chocolatinas.

Pero cuidado: no es oro todo lo que reluce. A los precios actuales (más de 1.300 dólares por onza) invertir en esta codiciadísima materia prima puede ser un ejercicio de alto riesgo, incluso ruinoso si las cosas vienen mal dadas. Con toda seguridad estamos ante una nueva burbuja especulativa (la burbuja perfecta, la ha llamado alguien) que puede estallar en cualquier momento. Mucho me temo que esté pasando lo mismo que cuando llegan los “rallies” alcistas en la Bolsa: cuando los índices marcan cada día nuevos récords y “roban” minutos en los telediarios, el final está peligrosamente cerca.

Los expertos recomiendan no invertir en oro físico, sino en fondos que utilizan la cotización de este material como activo subyacente. En todo caso, cualquiera que esté pensando en comprar participaciones de un fondo o acercarse a la máquina expendedora, debería darle un par de vueltas a los datos que caracterizan la situación actual. Desde 2002, según hemos podido conocer muertos de envidia por los que compraron a tiempo, el metal dorado ha multiplicado por cinco su valor. Eso significa que hace ocho años cotizaba a unos 260 dólares la onza. Pero resulta que hace treinta años, hacia 1980, se vivió otro episodio de fiebre especulativa que llevó la cotización a más de 800 dólares por onza. De modo que el precio actual puede tener aún un cierto recorrido alcista, pero el riesgo de “pillarse los dedos” y quedar atrapado durante un largo período de tiempo es muy elevado. Entre 1980 y 2002 la caída de precios fue de nada menos que el 67,5 por ciento. Y añádase a esa caída la inflación acumulada entre las dos fechas.
Otras inversiones son capaces de ofrecer rendimientos alternativos: si uno compra, por ejemplo, obras de arte, puede deleitarse contemplando su belleza en el salón de su casa; si compra bonos o acciones, puede ir recuperando parte del dinero invertido por la vía de los intereses o los dividendos; y si compra un apartamento en la playa o en la montaña, puede alquilarlo o disfrutar de cuando en cuando unos días de vacaciones. Pero el oro no se alquila y no tiene más utilidad que la de dejar pasar el tiempo a la espera de que otro esté dispuesto a comprarlo a un precio más elevado. Y no es imaginable que un inversor vaya cada día a la caja fuerte de su banco para pasarse un par de horitas sacando brillo a los lingotes. El oro es la quintaesencia de las inversiones con fines exclusivamente especulativos.

Puestos a atesorar en activos físicos, casi resultan más recomendables los billetes de 500 euros. Un lingote de 1 kilo viene a costar unos 32.500 euros. Ese mismo dinero, en los polémicos billetes morados, no llega ni a 100 gramos: mucho más portátil y, hasta cierto punto, más seguro como refugio. Porque la inflación deteriora poco a poco el valor de los billetes, pero el estallido de la burbuja puede llevarse de la noche a la mañana, como un viento huracanado, una gran parte del valor de los lingotes.

lunes, 27 de septiembre de 2010

¿ESTÁ JUSTIFICADA LA HUELGA GENERAL?

En las últimas semanas, a medida que se acercaba la fecha elegida para la protesta contra la última reforma laboral, hemos asistido a una intensa campaña de desprestigio contra los sindicatos españoles. Si nos tomáramos en serio lo que se ha escrito en algunos medios, deberíamos reclamar la urgente reforma de la Constitución para prohibir su existencia, puesto que al parecer se comportan como auténticas sabandijas que viven de chuparle la sangre al erario público y a sus propios representados.
La Presidenta de la Comunidad de Madrid ha cogido al vuelo la oportunidad de convertirse en la punta de lanza de esa campaña de desprestigio y no ha dudado en poner sobre la mesa el problema de los “liberados” sindicales como cortina de humo para ocultar otros problemas y otras actuaciones suyas que le hacen mucho más daño a la deseable cohesión social. Algunos medios han jaleado las intenciones de Aguirre asegurando que los 70 millones de euros que “cuestan” los “liberados” son “inasumibles”. Qué paradoja tan grande: no nos podemos permitir lo que nos “cuestan” los delegados sindicales, pero sí nos podemos permitir en cambio lo miles de millones que nos “cuesta” la demagógica supresión del Impuesto de Sucesiones. ¿Qué es más dañino para la igualdad y la cohesión social en Madrid: la existencia de 3.500 “liberados” sindicales o los “regalos” fiscales de la señora Aguirre a los más ricos de la región? Quizá vale la pena hacerse esa pregunta antes de decidir nuestra opinión sobre la huelga general que los sindicatos intentan sacar adelante.

Vale la pena también recordar algunos datos para subrayar el contexto socioeconómico en que se produce la convocatoria sindical. En el año 1995, según el Instituto Nacional de Estadística, el salario medio por trabajador en España se situaba en 2,789 millones de pesetas, que vienen a ser unos 16.800 euros en números redondos. Para mantener su poder adquisitivo, el salario medio tendría que haber sido el año pasado (último con datos disponibles) de unos 24.600 euros, pero se quedó en sólo 22.000. Es decir, que los asalariados españoles durante los últimos tres lustros han perdido poder adquisitivo a razón de casi un punto porcentual por año. Aunque las estadísticas siempre son manipulables, tengo la impresión de que en este caso no hacen otra cosa que confirmar la opinión generalizada que uno puede palpar en la calle. De hecho, la participación de los salarios en el reparto de la renta nacional ha caído unos cinco puntos en los últimos diez años y actualmente apenas supera el 45 por ciento.

A pesar de estos datos, las organizaciones empresariales y sus aliados no han dejado de culpar a los “altos costes laborales” por el aumento del desempleo y la presunta pérdida de “competitividad” de la economía española en el exterior. No han dejado de insistir en la necesidad de una reforma laboral que, en sus labios, sólo significaba más facilidades para el despido, indemnizaciones más baratas, más libertad para “descolgarse” de los convenios, etc. En resumen, menos obstáculos para explotar a la mano de obra asalariada y recomponer la tasa de ganancia de la clase empresarial.

El Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero –en un giro copernicano respecto de todas las promesas que había venido haciendo- ha tratado de dar satisfacción a las exigencias empresariales con la reforma que el Boletín Oficial del Estado ha publicado el día 18 de los corrientes. Como es lógico, la clase empresarial se muestra descontenta e insiste machaconamente en que la reforma es “insuficiente”. Porque lo que desearía la patronal española es disponer de una clase trabajadora sometida a las mismas condiciones de explotación extrema que hoy se dan en China: jornadas laborales de sol a sol, ausencia total de derechos políticos y sindicales, inexistencia de todo atisbo de negociación colectiva, aparatos del Estado siempre listos para reprimir cualquier protesta.

¿Qué podían hacer los sindicatos? Puede que la convocatoria del día 29 acabe siendo un fracaso, pero la resignación era y es un suicidio. Estamos ante el más grave recorte de derechos laborales sufrido por los trabajadores españoles desde la época de la Transición, un recorte que afecta incluso a un derecho constitucional como es el de la negociación colectiva. Pero, aun así, puede que la convocatoria sea un fracaso: quizá por miedo, quizá porque hoy en día pesa más la idea que nos hacemos de nosotros mismos como ciudadanos y como consumidores que como asalariados. Nos hemos vuelto muy consumistas y nos da pavor la sola idea de ver cómo nos descuentan un día de salario en las nóminas. En los próximos días, además, crecerá hasta hacerse ensordecedor el coro de voces invocando el sacrosanto derecho de acudir al trabajo cuando no se quiere hacer huelga. Somos de memoria frágil y ya no recordamos que todos y cada uno de los derechos laborales y sindicales que hoy existen se han conseguido tras pagar un alto precio en luchas y sufrimientos. De modo que si la huelga fracasa, o no se consigue reformar la reforma, el fracaso no será de los sindicatos –que a fin de cuentas no son otra cosa que la clase trabajadora organizada para defender sus derechos-. Será el fracaso de millones de personas –unas con empleo y otras en paro- que van a ver cómo empeoran sus condiciones de vida y de trabajo
Queridos

miércoles, 15 de septiembre de 2010

HAWKING Y LA CREACIÓN DEL MUNDO

Queridos lectores de ZD, aquí os ofrezco el texto de un reciente comentario que publiqué en Diario de Alcalá, inspirado por la noticia sobre el último libro publicado por el gran científico británico. Creo que el asunto está de actualidad, después de lo que hemos podido ver en los medios de comunicación sobre anuncios de quemas de coranes y otras calamidades que las religiones provocan sobre la faz de la Tierra. Intento ser respetuoso, pero no oculto la escasa consideración que me merecen las creencias religiosas.
Puede que alguno de ustedes no lo recuerde, pero en la primavera de 1966, antes de proclamarse campeón de Europa por sexta vez, el Real Madrid se cruzó con el Inter de Milán en semifinales. Aquello me tuvo muy deprimido durante muchos días. Como el Papa es el representante de Dios en la Tierra, y dada su condición de italiano –razonaba yo para mis adentros-, lo más seguro es que en sus oraciones interceda a favor del Inter y la eliminación del Madrid es cosa hecha. Para colmo, nosotros mismos, con nuestras humildes plegarias íbamos a contribuir a la presentida eliminación, puesto que cada día, en el transcurso de la misa, rogábamos al Altísimo por “las intenciones del Papa”.
Consulté mis temores con el más descollante aficionado local, capaz de recitar de memoria todas las alineaciones de los equipos de primera, y me dijo que, en efecto, la derrota de los madridistas era más que probable, pero no por la intercesión del Papa, sino por la intervención de un gallego llamado Luis Suárez, del que yo no había oído hablar en mi vida. Realmente, aquella fue una temporada de no muy grato recuerdo. Lo de menos era el miedo por la suerte de aquel Madrid al que llamaban “el equipo ye-yé”. Mucho peor era la obsesión que me asaltaba cada atardecer sobre el peligro de morir en pecado mortal, con el consiguiente castigo de irme derechito al Infierno a arder por toda la eternidad (¿ustedes han pensado alguna vez en las dimensiones de la eternidad?).
Estaba clarísimo -¿cómo dudar de una cosa tan evidente?- que los buenos se iban al Cielo y los malos al Infierno. ¿Pero cuál era aquella fina línea divisoria, aquel estrecho ojo de la aguja, que marcaba los destinos de unos y otros por toda la eternidad? ¿Cómo distinguir entre un pecado mortal y otro venial? Yo trataba de ser bueno, pero a veces perdía la cabeza y lo mismo le robaba las nueces a una vecina que me iba a por la espinilla de un rival con toda la intención del mundo…
Me costó unas cuantas primaveras más llegar a la conclusión de que nuestra religión católica, aun siendo la verdadera, no dejaba de ser un cuento chino, como todas las demás. Un cuento de terror muy apropiado para mantener sojuzgadas a las gentes de mentalidad infantil. Un cuento increíble que jamás podría ser aceptado por ninguna mente adulta, a pesar de esa misteriosa necesidad que siente el ser humano de creer en la existencia de un ser superior que lo ha creado todo. Debo confesar que me sentí muy reconfortado cuando descubrí el pensamiento de algunos filósofos, según los cuales “los hombres no son una creación de Dios, sino que Dios es una creación de los hombres”.
Uno de estos filósofos que niegan en redondo la existencia de Dios es el británico Stephen Hawking, quien publica estos días un nuevo libro –The Grand Design- coincidiendo con la visita del Papa al Reino Unido. Hawking es un hombre que sufre gravísimas limitaciones físicas, pero posee una de las grandes inteligencias de nuestro tiempo. Inteligencia privilegiada que le había llevado en el pasado a ser muy prudente en cuanto a la presunta incompatibilidad entre ciencia y religión, porque una cosa es llegar al convencimiento de que Dios –o el Gran Arquitecto, como queramos llamarlo- no existe, y otra bien distinta es demostrarlo científicamente.
Así que Hawking se ha tomado su tiempo antes de sostener negro sobre blanco, como hace ahora, que Dios no es el creador del Universo, afirmación que muy probablemente tendrá algo que ver con la necesaria promoción comercial de su libro. Pero ojalá sirva no tanto para provocar el regocijo en la exigua militancia atea como para sembrar la duda y la reflexión en las muy nutridas filas de la militancia religiosa. Porque lo más terrible de las religiones, lo más terrible de ese Dios creado por los humanos, es que sigue teniendo sojuzgada, en un estadio infantil, la mente de una buena parte de la humanidad. Lo más terrible es que en muchas partes del planeta hay millones de hombres que matan, o están dispuestos a matar, a otros hombres creyendo que cumplen un mandato divino.

viernes, 3 de septiembre de 2010

PRIMARIAS EN EL PSOE DE MADRID: HACIA UNA MISIÓN IMPOSIBLE

Hace quince años la izquierda perdió el gobierno de la Comunidad de Madrid. Estuvo muy cerca de recuperarlo en 2003, pero una conspiración de ramificaciones nunca del todo desveladas –el “Tamayazo”- lo impidió.
Ahora estamos casi a las puertas de un nuevo proceso electoral y los máximos dirigentes del PSOE –en realidad, Rodríguez Zapatero en consulta exclusiva con su almohada y sus encuestas- creyeron haber encontrado un mirlo blanco en la persona de Trinidad Jiménez. La Ministra de Sanidad puede que lo haya hecho bien como titular de un departamento ministerial tan importante, pero lo hizo bastante mal como candidata a la Alcaldía de Madrid frente a un “peso pesado” como Ruíz Gallardón.
En mi modesta opinión, Jiménez sigue sin resolver sus carencias políticas de fondo. El otro día, según los medios de comunicación, se negó a un debate público con su rival alegando que “Bono y Zapatero nunca tuvieron un debate público cuando se enfrentaron en unas primarias”. Puede que sus palabras fueran mal interpretadas o mal recogidas en las crónicas, pero esa frase, por sí misma, demuestra el barullo mental al que suele se propensa esta mujer de insobornable vocación política. Porque, primero, Zapatero y Bono nunca se enfrentaron en unas primarias, sino en un congreso del partido convocado para elegir nueva dirección; y, segundo, sí que protagonizaron un debate público cuando hubieron de defender sus propias candidaturas ante los delegados. Confundir un congreso con unas primarias es grave, tan grave como creer que un partido es una maquinaria electoral que puede gobernarse a base de encuestas e intuiciones o caprichos del líder indiscutible.
A Tomás Gómez, el hombre que ha tenido el coraje o la ambición de obedecer a su propio instinto en lugar de dejarse manejar como un muñeco por su mentor, podría aplicársele una de las famosas “leyes de Murphy”: que todos tendemos a ir subiendo hacia nuestro propio nivel de incompetencia. En general, la gente que hace bien su trabajo –al parecer Gómez lo hacía bien como alcalde de Parla- acaba siendo recompensada con un ascenso en la escala jerárquica de su organización. Gómez pasó de alcalde a Secretario General del Partido Socialista de Madrid por voluntad soberana del Secretario General del PSOE y de los militantes madrileños. Y ahí se topó de pronto el joven alcalde con su nivel de incompetencia. En primer lugar, porque no era diputado regional y esto dificultaba sobremanera su confrontación con Esperanza Aguirre; y, en segundo lugar, porque la ultraliberal Aguirre resulta poco menos que imbatible, dada su popularidad y la contundencia de su discurso.
Tomás Gómez no logrado consolidarse como una alternativa creíble al poder del PP en la CAM, pero se había ganado el derecho a competir con Aguirre y el empeño de Rodríguez Zapatero por apartarlo de la carrera electoral, con argumentos impresentables, es una cacicada. Pero el problema de la izquierda en Madrid no es una cuestión de candidatos, es una cuestión de sociología. Y el más esclarecido de los aspirantes posibles –Alfredo Pérez Rubalcaba- lo ha comprendido con tanta nitidez, que dijo rotundamente no cuando algunos alcaldes fueron a sondearlo.
La prosperidad económica de las últimas décadas ha propiciado un fuerte crecimiento de la clase media y las capas sociales más acomodadas. Tres cuartas partes de la población ocupada están en el sector servicios y eso significa la paulatina desaparición de la clase trabajadora. Incluso los que objetivamente pertenecen a esta clase social, que era el vivero tradicional de votos para la izquierda, tienden a considerarse a sí mismos como miembros de la jaleada, cortejada, castigada y deseada clase media. Y cuanto más crece el sentimiento de pertenecer a una clase más elevada, más crece la aversión a las políticas de igualdad y solidaridad que podría impulsar la izquierda.
A mí no me cabe ninguna duda de que las políticas de Aguirre –las que practica y las que practicará- provocan un aumento de las desigualdades sociales. Pero la mayoría sociológica de Madrid respalda esas políticas en las urnas, quizá porque piensan que ellos no estarán del lado de los perjudicados o porque la izquierda no ha sabido encontrar el discurso adecuado para contrarrestar el avance de la fe liberal. El caso es que estamos muy lejos de aquellas cómodas mayorías izquierdistas que permitieron a Joaquín Leguina gobernar la Comunidad de Madrid durante tres lustros.
Y así llegamos a la conclusión de la misión imposible a la que van a enfrentarse Gómez o Jiménez: ni cada uno por su cuenta ni unidos tienen la capacidad de arrastre necesaria para desbancar a Aguirre. Tendría que ocurrir algo extraordinario que provocase un voto de castigo hacia la Presidenta de la CAM, pero no parece que vaya a caer esa breva.