Leo en el diario EL PAÍS un reportaje de José Luis Barbería en el que se afirma que "nunca como hasta ahora, en siglos, se había hecho tan patente el riesgo de que la calidad de vida de los hijos de clase media sea inferior a la de sus padres". Vaya, vaya, yo creía que esto de la clase media era un invento mucho más reciente, del último medio siglo más o menos. También creía que el progreso ni es ni ha sido lineal y me pregunto si los jóvenes que llegaron a la edad adulta en la época de la Gran Depresión vivieron mejor de como lo habían hecho sus padres en las dos décadas anteriores.
El autor cita la última encuesta de Metroscopia, según la cual el 54 por ciento de los jóvenes entre los 18 y los 35 años no tienen ni proyectos ni ilusión. Al parecer, además, los sociólogos han detectado la aparición de un modelo de comportamiento juvenil y adolescente caracterizado tanto por la negativa a trabajar como a estudiar. Desde luego una cosa es cierta: los que se esfuercen puede que acaben quedándose por el camino y no logren alcanzar sus objetivos, pero los que se dediquen a la vagancia tendrán una vida poco envidiable, tal como ha ocurrido siempre. Esto ya lo advirtieron San Pablo y Lenin: el que no trabaja no come.
Sin embargo, en estos pronósticos tan sombríos yo creo que hay un error de enfoque. Los jóvenes recién salidos de las Universidades o que se disponen a incorporarse al mercado laboral tienden a compararse con la situación de sus padres a día de hoy, pero deberían compararse con la que tenían hace 35 ó 40 años. Pondré un ejemplo que conocí de primera mano. En 1970 un aprendiz electricista de 16 años ganaba algo menos de 3.000 pesetas al mes, es decir, unos 18 euros. Ahora ya no hay aprendices, porque todo el mundo quiere pasar del aula universitaria al despacho con mando en plaza, pero lo cierto es que la actual generación de jóvenes, supuestamente la mejor preparada de nuestra historia, necesita un período de aprendizaje como lo hemos necesitado todos. Y no es lo mismo pasar la dura prueba del aprendizaje a los 15 años que pasarla a los 25, pero difícilmente un recién licenciado, se ponga como se ponga, puede aspirar a ganar más que su padre desde el primer contrato.
¿Cuánto debería ganar hoy un jóven aprendiz de 16 años para ganar en términos reales lo mismo que hace 39 años? En la página Web del Instituto Nacional de Estadística encontramos la respuesta: 323 euros al mes. Pero resulta que el Salario Mínimo Interprofesional está en 624 euros, de modo que un joven que decidiera ponerse a trabajar para aprender un oficio estaría ganando, de entrada, casi el doble de lo que habría ganado hace cuatro décadas. Y con la ventaja añadida de que ese dinero, muy probablemente, sería para él en su totalidad, mientras que hace cuarenta años había que entregarlo en casa hasta la última peseta.
Por otra parte, cabe suponer que la riqueza acumulada por las generaciones que hoy están en la madurez irá pasando, a su debido tiempo, a las generaciones posteriores, con la consiguiente repercusión en sus niveles de bienestar. En resumen, pues, creo que son un poco prematuros y un poco injustificados esos miedos por lo que pueda pasar en el futuro y no me parece que sea tan difícil imaginar a nuestros descendientes con un nivel de vida un poco más alto que el nuestro. La clave estará en cómo evolucione la economía. En los últimos 40 años la renta per cápita de los españoles se ha incrementado, en términos reales, más de un cien por cien. Y a pesar de la crisis actual, es muy probable que vuelva a crecer otro tanto en las próximas décadas. Lo que no podemos saber es si esa renta incrementada estará mejor o peor repartida que ahora. Pero es que el futuro, queridos amigos de la generación desorientada, no está escrito, el futuro hay que currárselo.
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