Para emprender esta marcha nos acercaremos con el coche hasta los aparcamientos del Centro Comercial La Dehesa. De aquí parte una carreterilla -asfaltada, pero sin pintar y sin señalizar- en dirección a Guadalajara y que va a encontrarse con el río Henares en cosa de un kilómetro o poco más. Antes de cruzar el río hay una pequeña esplanada donde podemos dejar el coche y echar pie a tierra. Estamos en la margen derecha del Henares y, nada más pasar a la izquierda por un estrecho puente, un cartel de considerables dimensiones nos informa amablemente de que ya estamos en el término municipal de Los Santos.
Durante unos minutos -no más de diez- caminaremos arrullados por el rumor de las aguas alcarreñas que corren a abrazarse con las madrileñas del Jarama en el término municipal de Mejorada del Campo. Desde el punto donde se acaba el asfalto, el camino comienza a alejarse del río para acometer la subida propiamente dicha: el desnivel que tenemos que salvar es de unos 250 metros y, aunque el trazado de la pista es bastante llevadero, tiene algunos repechos que le dejan a uno casi sin aliento. El camino no tiene pérdida posible, con la Iglesia de San Pedro presidiendo siempre el horizonte. En caso de duda, bastará con levantar un poco la cabeza, como hacen los buenos centrocampistas.
A unos cuarenta minutos del inicio, más o menos, se nos presentará la principal de estas dudas, porque el camino que traíamos sigue raudo hacia arriba, mientras que a la
Una vez pasada la bifurcación subiremos tranquilamente por un terreno en el que destacan los campos de labranza, algunos olivares, alguna que otra encina y, de cuando en cuando, un almendro en flor como regalo primaveral para los ojos. Tampoco es mal regalo detenerse a echar un trago y mirar hacia el norte, donde podremos contemplar las cumbres aún nevadas del Guadarrama y el famoso Ocejón, pico mayor de la sierra de Guadalajara. En una hora y media desde el inicio estaremos llegando a la plaza de toros, situada en la parte baja del pueblo. Y desde aquí podremos recrearnos en una visión de todo el caserío con la monumental iglesia en lo más alto. Vale la pena visitarla, apreciar la solidez de sus muros con contrafuertes y echar un vistazo a su interior, una única nave de austeridad casi luterana. Una vez cumplido el rito de visitar el monumento principal de la localidad, construido entre los siglos XVI y XVII y declarado bien de interés cultural, no quedará más remedio que cumplir también el rito de una buena comida regada con un buen vino, antes de emprender la caminata de bajada. En la retina nos quedará la luz del atardecer reflejándose en los sillares de piedra caliza.
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