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Llevaría razón Pedro Sánchez en casi todo lo dicho en su largo discurso de investidura si su partido hubiera sido la fuerza más votada en las elcciones del 20 de Diciembre, pero resulta que no fue la primera, sino la segunda en número de votos y escaños. Este "pequeño" detalle sitúa al líder del PSOE ante una contradicción insuperable: los españoles votaron a favor del cambio, según él, pero tal cambio sólo es posible si lo encabeza el Partido Socialista.
Es verdad que el Presidente del Gobierno en funciones declinó la oferta formulada por el Rey y también es verdad que no ha hecho hasta el día de hoy ningún esfuerzo para ganarse el apoyo del resto de grupos políticos. Pero del bloqueo actual el principal responsable es el PSOE con su no, no y no a la idea de sentarse a negociar con el grupo mayoritario. Muchas de las propuestas o ideas formuladas por Pedro Sánchez en su discurso de investidura, su partido las podría haber obtenido del PP con sólo haberse mostrado dispuesto a conceder la abstención. Pero Sánchez no quiere perder la oportunidad de convertirse en el inquilino de la Moncloa, y de ahí sus insistentes requiebros a Podemos con la promesa de "podemos comenzar a hacerlo la semana que viene".
Con su hablar esdrújulo ( como casi todos los políticos españoles, por otra parte) Sánchez comenzó su discurso asegurando que los españoles no entenderían que los líderes de los distintos partidos se enzarzasen en una guerra de reproches, para luego decir que no hay pacto posible con un PP que se ha comportado de modo absolutista en la pasada legislatura. Después dijo también que "los españoles no entenderían" que no se llegase a un acuerdo, cuando es evidente que si a día de hoy no existe ese acuerdo es, entre otras cosas, por su negativa rotunda a cualquier diálogo con el PP. Pero, claro, el líder socialista tiene un alto concepto de sí mismo y por eso él no exhibe líneas rojas, sino "fuertes convicciones".
El mismo Sánchez explicó que, con los resultados del 20 de Diciembre en la mano, no es posible formar un gobierno sustentado por dos fuerzas del mismo campo ideológico: Partido Popular y Ciudadanos, por una parte; y Partido Socialista y Podemos, por otra. "Nos hace falta el mestizaje ideológico", dijo el candidato, pero al parecer ese mestizaje sólo es positivo si es él quien lo encabeza, puesto que insiste una y otra vez en que los españoles quieren cambio y ese presunto deseo se concreta en que Mariano Rajoy tiene que hacer las maletas y salir de la Moncloa.
Demasiadas contradicciones las que se aprecian en el discurso del líder socialista, demasiado evidente el callejón sin salida en que anda metido desde la noche en que le dijo a Rajoy que no era un político decente. Aunque es muy posible que su maniobra de firmar un acuerdo más que aceptable con Ciudadanos le permita no poner contra las cuerdas a Podemos, pero sí arrebatarles algunos votos en las muy posibles elecciones del 26 de junio. El gran problema es si el PP, pese a las corrupciones y pese a tantas cosas feas de las que es culpable, vuelve a repetir esa noche como primera fuerza política del arco parlamentario español. ¿Seguirá insistiendo Sánchez en encabezar un "Gobierno del cambio" o tendrá un poco más sentido de estado y seguirá el consejo que recientemente daba Felipe González: el PP y el PSOE no deberían bloquearse recíprocamente porque eso puede llevar a la política española a la parálisis?
Por fin, cuarenta y cuatro días después de las elecciones generales, tenemos un candidato propuesto por el Rey para la Presidencia del Gobierno. Pedro Sánchez aceptó y agradeció de inmediato la propuesta formulada por Felipe VI y expuso en una comparecencia pública un interesante resumen de las medidas reformistas que adoptaría el Gobierno que él mismo calificó como "de cambio, reformista y progresista". Sánchez resultó sumamente contradictorio, porque por un lado aseguró que hablará con todas las "fuerzas del cambio" pero a renglón seguido excluyó de esa relación a todas las fuerzas nacionalistas que defienden el llamado derecho a decidir o son directamente secesionistas. También excluyó al Partido Popular del ejecutivo que tiene en mente, de modo que la expresión "todas las fuerzas del cambio", a efectos prácticos, sólo puede referirse a Ciudadanos y a Podemos.
Lleva razón Sánchez cuando echa en cara a Rajoy el no haber hecho ningún esfuerzo, ningún intento negociador en serio, para lograr los apoyos que necesitaba para intentar la investidura. Y hay que reconocerle el servicio que está prestando a España y al buen funcionamiento de las instituciones con su corajuda decisión de ir al debate de investidura. Dadas las posiciones políticas que hemos podido oir estos días, me atrevo a pronosticar que el proyecto de Sánchez es negociar un programa de gobierno con el líder de Ciudadanos, Albert Rivera, cosa perfectamente posible a tenor de lo dicho por este último, y a continuación poner a Podemos en la tesitura de votar a favor de ese programa reformista o bien provocar la convocatoria de elecciones anticipadas con un voto en contra o la abstención. Sánchez cuenta con el voto en contra del PP ( en justa correspondencia al reiterado no del PSOE al PP y a Rajoy) y también cuenta con el no de los nacionalistas ( con los que sólo se reunirá para decirles que no está de acuerdo con sus exigencias); de modo que la situación sería la siguiente tras pactar las "reformas del cambio" con Ciudadanos: 130 votos a favor (PSOE y C`s ) y 148 en contra (PP, PNV, Esquerra, Bildu y Democracia y Libertad.) Quedarían los decisivos 69 de Podemos, los dos de Izquierda Unida ( que pintan poco) y uno de Coalición Canaria (que pinta menos.) En esa situación, Podemos se vería en el atolladero de dar sus votos o bien enfrentarse a lo que adelantó el propio Sánchez en su comparecencia: los votantes de Podemos no entenderían que no nos pusiéramos de acuerdo para un Gobierno del cambio.
Muy probablemente el líder de Podemos, Pablo Iglesias, está viendo venir esa jugada y de ahí su creciente irritación contra el Secretario General del PSOE. Para Iglesias el verdadero "Gobierno del cambio" sería uno constituído por el PSOE, Podemos, Izquierda Unida y los nacionalistas y por eso ha exigido al líder del PSOE que se defina entre ellos o Ciudadanos. Pero esa configuración izquierdista y nacionalista es explosiva, sería un suicidio para el Partido Socialista y además haría imposible la aprobación de algunas de las reformas que el país necesita y la propia reforma constitucional defendida por Sánchez en campaña. Así que, en mi opinión, la respuesta socialista al desafío planteado por Iglesias es que el PSOE se entiende con Ciudadanos. Y lo más probable es que iremos a unas nuevas elecciones en las que PSOE y Podemos lucharán a cara de perro por el voto de los ciudadanos de izquierda y el PP recuperará los votos de los ciudadanos de derecha que sientan como una injusticia el que no se permita formar gobierno a la fuerza más votada el 20-D.
En todos los órdenes de la vida ha habido y seguirá habiendo personas cuyo excepcional talento se ve ensombrecido por el talento aún mayor de otros contemporáneos suyos que se llevan casi todos los honores y casi todos los reconocimientos. En la película Amadeus el cineasta Milos Forman retrató con gran maestría un conflicto moral de este tipo: el que se dio en el siglo XVIII entre dos genios de la música, Mozart y Salieri. Ya en el siglo XX, y en el campo del deporte, cabe mencionar la desgracia que tuvo un ciclista francés de enorme mérito llamado Raymond Poulidor. Pudo haber ganado varias veces el Tour, y de hecho es uno de los corredores que más veces subió al podio. Pero nunca logró la victoria en la ronda gala porque coincidió en el tiempo con dos monstruos, como Jacques Anquetil y el belga Eddy Mercks. Acabó recibiendo el apodo de "eterno segundón".
Parece que a nuestro Rafael Nadal, un tenista casi irrepetible, de enorme fortaleza física y mental, le persigue esta misma maldición desde hace algún tiempo. Después de haber ganado 14 títulos de Grand Slam y más Masters 1000 que nadie, Nadal se diluye, se achica, se ofusca, se desorienta cada vez que tiene enfrente al serbio Novak Djokovic. Ambos han protagonizado el más largo enfrentamiento en la historia del tenis, con 47 partidos disputados, muchos de ellos en torneos importantísismos, como la final en el abierto de Australia en 2012, que ganó el serbio después de 5 sets y más de cinco horas luchando sobre la pista. Algunos consideran que esta final es el mejor partido que se ha dado en toda la historia del tenis.
Pero desde hace un par de temporadas Nadal sufre derrota tras derrota cada vez que se cruza con Djokovic. Los dos tienen casi la misma edad, pero el serbio llegó a la plenitud un poco más tarde que el español. De ahí que a pesar de tantas derrotas consecutivas en los últimos tiempos, el balance global entre los dos sea un 24-23 a favor de Nole. El caso es que a Djokovic, pese a su condición de número uno indiscutible, se le ve sufrir e incluso doblar la rodilla frente a otros jugadores, como le sucedió el año pasado en la final de Roland Garros frente al suizo Stan Wawrinka. Pero frente al balear se despierta su instinto depredador, y arrolla y disfruta. El último episodio triste para Nadal y para nosotros tuvo lugar ayer sábado en la final del torneo de Doha, liquidada por Djokovic en 73 minutos con un tanteo de 6-1 y 6-2. Fue un visto y no visto y de la ofuscación de nuestro héroe da buena idea un lance ocurrido hacia la mitad del segundo set: con toda la pista para él, con el serbio ya batido, Nadal lanzó un presunto golpe ganador justo donde estaba su rival, que no tuvo más que poner la raqueta para que la pelota saliera despedida hacia una de las líneas, muy lejos del alcance del español. Creo que después de esa jugada Nadal debió de sentir deseos de salir corriendo a buscar el consuelo de una ducha caliente en el vestuario. Novak le tiene cogida la medida de tal modo que para él es un suplicio mental salir a la pista y encontrar al otro lado de la red a su más enconado rival. Ojalá tenga la suerte de que otros jugadores lo quiten de su camino cuantas más veces mejor, porque de lo contrario mucho nos tememos que el ídolo de Manacor no volverá a ganar otro torneo de Grand Slam.
P. S. Después de lo ocurrido ayer y de lo que va a ocurrir esta tarde en Cataluña, parece que también muchos otros españoles, no sólo Nadal, vamos a necesitar un psicólogo para que nos ayude a explicarnos qué diablos pasa con nosotros mismos.
Resulta sorprendente la forma tan rotunda en que los dirigentes socialistas descartaron desde el primer día la posibilidad de consentir un gobierno encabezado por el candidato del Partido Popular. Según ellos, el mandato recibido de los electores es el de no permitir bajo ningún concepto que Mariano Rajoy siga en La Moncloa. Sorprendente, porque ellos mismos se estaban achicando el terreno de juego, sin esperar a que sea el propio Rajoy, como candidato más votado, el que lleve a cabo los movimientos necesarios para un posible debate de investidura. Y sorprendente porque con esa actitud tan cerrada a un hipotético acuerdo el PSOE se arriesga a ser presentado como el culpable de una posible repetición de las elecciones.
Si no hay un gobierno del PP, con los apoyos externos que sean necesarios, la única alternativa posible es un gobierno del PSOE en alianza con Podemos, el PNV y los nacionalistas catalanes. Ese experimento sería un suicidio para las socialistas, porque una cosa es gobernar en ciertos municipios y otra bien distinta gobernar el país. Por otra parte, los propios dirigentes socialistas han excluido cualquier posibilidad de pacto con Podemos - y cabe suponer que también con los nacionalistas - mientras estas fuerzas exijan el reconocimiento del derecho a la secesión.
¿Es posible pactar la derogación de la reforma laboral con quien ha impulsado la reforma laboral?, ¿es posible pactar la derogación de la Ley Wert con quien ha elaborado la Ley Wert?, se preguntaba estos días de atrás en RNE Patxi López, Secretario de Acción Política del PSOE. La respuesta es sí, claramente sí, pero López daba a entender que no para justificar la negativa a un posible acuerdo con el PP. Es verdad que los populares se han comportado en los últimos años con un gran sectarismo, pero eso es el pasado y ahora se trata de encarar el futuro. Un partido se puede comportar de modo muy distinto según que cuente o no con mayoría absoluta en el parlamento. No hay más que recordar al Aznar de 1996 frente al mismo Aznar en 2000, o al Felipe González de los años del rodillo socialista.
Ahora, dada la aritmética parlamentaria salida de las urnas, tenemos una magnífica ocasión para pactar las reformas consensuadas que la sociedad española necesita para mejorar o consolidar aquellos aspectos que más afectan a la vida cotidiana de los ciudadanos. En los programas de todos los partidos hay propuestas descartables y otras razonables para conseguir esas mejoras en sanidad, mercado laboral, educación, prestaciones sociales, limpieza y transparencia de las instituciones, etc. Nadie tiene la razón completa de su parte y necesitamos recuperar el espíritu de colaboración que se plasmó en el texto constitucional bajo el cual se desarrolla hoy nuestra vida pública.
Tener que repetir las elecciones no sería bueno para España, por muchísimas razones, aunque tampoco deberíamos rasgarnos las vestiduras se hubiera que volver a las urnas. Lo cierto es que esa sería una opción de alto riesgo para el Partido Socialista, porque el voto ciudadano podría radicalizarse hacia los extremos y favorecer al PP y a Podemos. También es arriesgado consentir un gobierno encabezado por Mariano Rajoy, pero lo cierto es que el PSOE podría obtener a cambio importantísimas concesiones en todas las materias que más afectan a los españoles, y esas concesiones - esos logros, podríamos decir - serían una gran baza para reclamar el apoyo de los votantes dentro de cuatro años.
La composición del parlamento español salida de las urnas el 20 de diciembre me recuerda mucho la situación que se produjo en los años 93 y 96, cuando ni socialistas ni populares tenían mayoría suficiente para formar gobierno por sí solos. En el año 93 Felipe González se vio obligado a recurrir a los nacionalistas catalanes para obtener la mayoría necesaria y fue dando tumbos hasta que Jordi Pujol le retiró la respiración asistida y le obligó a convocar elecciones anticipadas. El ganador de aquellas elecciones, también por una mayoría insuficiente, fue el Partido Popular encabezado por José María Aznar. Y entonces hicimos un descubrimiento asombroso: el antiguo recaudador de impuestos en La Rioja hablaba catalán en la intimidad.
Fueron años de gran protagonismo para los nacionalistas en la gobernación de España, años que ellos aprovecharon a fondo para ir arrimando el ascua a su sardina. Todavía no sabíamos nada de la herencia de los Pujol en Andorra y el Presidente de la Generalitat era considerado por todos como un auténtico hombre de estado. Yo recuerdo con mucha nitidez un encuentro entre Pujol y Aznar en la Moncloa, que duró horas y horas (incluso se tomaron un descanso para una cabezacita después de comer) y en el que hablaron no sólo de política y economía, sino de todo lo divino y lo humano, incluidas las grandes joyas del arte románico en Cataluña.
Después de los resultados habidos en las elecciones del 20 de diciembre, podríamos decir que volvemos a las andadas pero en unas condiciones mucho peores para los intereses generales de la sociedad española y para los intereses de España como estado. A los nacionalistas ya no les basta con negociar cambios o nuevas competencias o nuevas financiaciones en el marco constitucional, ahora quieren el derecho a la secesión, ni más ni menos. Y lo que es peor, ahora cuentan con un aliado importante, llamado Podemos, que les ha prometido dar satisfacción a todas sus exigencias, comenzando por un referendum de autodeterminación en Cataluña. En tales circunstancias, me parece, al resto de demócratas españoles se nos plantea una necesidad ineludible: tenemos que gritar ¡no pasarán! y establecer en torno a los nacionalistas un cordón sanitario, como los demócrtas franceses lo han establecido en torno a los extremistas del Frente Nacional, para evitar que se hagan con el poder regional o estatal.
Es comprensible que el Partido Socialista se niegue a facilitar la investidura de Mariano Rajoy. Pero sus dirigentes deben comprender que la situación es esta: o los nacionalistas - y su aliado Podemos - se avienen a moverse en el marco constitucional o deben ser excluidos como socio posible para formar gobierno. Y aún en este último caso, una alianza del PSOE con Podemos más los nacionalistas - lo que Pedro Sánchez ha llamado un Gobierno de cambio y progreso- sería una operación suicida para España y para el partido fundado por Pablo Iglesias.
El otro Pablo Iglesias (con un 20% de los votos y un 20% de escaños en el Congreso, que difícilmente podrá controlar en su totalidad llegada la hora de la verdad) se permitió decir en la noche electoral que el pueblo español "había votado por un cambio de sistema" y que las reformas constitucionales, en el sentido que él propone, son imprescindibles e inaplazables. Si llega a obtener un 30% de los sufragios y, digamos, 150 escaños, ya estaría pidiendo para sí todos los poderes y la facultad de gobernar por decreto, en coherencia con su original inspiración bolivariana. Posteriormente se ha preguntado si Sánchez manda o no manda en el PSOE, dando por supuesto que él sí que manda en Podemos y lo que él diga o negocie va a misa. No parece que ese lenguaje, en el que uno manda y los demás asienten, sea el que esperábamos oir en boca de los representantes de la nueva política. Puede que sea un hombre honrado a carta cabal y yo desde luego iría con él de cañas por Lavapiés, pero no le compraría un coche de segundamano.
De modo que quizás lo más razonable es lo que ha propuesto Albert Rivera: dejar que gobierne el más votado y negociar entre todos - de acuerdo con el mandato de diálogo salido de las urnas - aquellos cambios que se consideren necesarios para un mejor funcionamiento de España y de la sociedad española, cambios en el ámbito constitucional, electoral, educativo, laboral o presupuestario; cambios en los que, como ocurrió en los años de la transición, podríamos estar de acuerdo la gran mayoría de los ciudadanos.
Hay que reconocer que un cara a cara electoral se parece mucho a un combate de boxeo en el que ambos púgiles buscan constantemente la manera de golpear en los puntos débiles del adversario al tiempo que tratan de proteger sus propias zonas más vulnerables. De esa comparación con la lucha en el cuadrilátero viene la manía de los medios de comunicación por averiguar quién ganó y quién perdió; y si la victoria fue por K. O. o a los puntos.
El aspirante socialista necesitaba hacer un buen papel para levantar el ánimo de los suyos ( probablemente decaído a tenor de lo que venían diciendo las encuestas ) y consolidar sus opciones de desalojar a Mariano Rajoy de la Moncloa o, cuando menos, asegurar para su partido la segunda plaza en una carrera que Podemos y Ciudadanos le están poniendo muy difícil. En coherencia con sus necesidades, Pedro Sánchez se lanzó al ataque en tromba desde el primer minuto, desde la primera intervención, que fue desperdiciada por completo, dado el nerviosismo que parecía mostrar el candidato. El actual jefe del Gobierno mostró más aplomo en sus palabras iniciales y consiguió perfilar sus objetivos con más claridad que el candidato socialista. A partir de ahí, Sánchez se fue adueñando de la cancha y consiguió arrinconar a Rajoy con los asuntos de la corrupción, los recortes en derechos sociales y laborales, el rescate de las entidades financieras, las mentiras a los españoles, etc. También es cierto que Rajoy contraatacaba cuanto podía y puso al líder del PSOE en apuros cuando aseguró que los socialistas habían dejado a España hecha una ruina o cuando le exigió que explicase a la audiencia por qué él, como Presidente del Gobierno, había recortado el derecho de las mujeres a decidir sobre su maternidad. Para un espectador neutral podría decirse que el candidato socialista iba ganando a los puntos cuando el moderador, Manuel Campo Vidal, anunció que había llegado la hora del descanso.
Pero enseguida comenzó la segunda parte y Pedro Sánchez, tal vez mal aconsejado por alguno de sus asesores, pensó que era posible la victoria por K. O. y traspasó una línea roja que nunca debería haber pisado. "Para ser Presidente del Gobierno hay que ser una persona decente y usted no lo es", le dijo a Rajoy después de un duro intercambio dialéctico sobre la corrupción. Me asombra que muchos espectadores, después de haber oído al líder socialista una descalificación personal tan inaceptable, le dieran por ganador del debate. Y me asombra todavía más que el diario EL PAÍS le otorgara su apoyo en un editorial en el que criticaba los presuntos insultos proferidos por el candidato popular y, más o menos, venía a decir que Rajoy es una nenaza que no soporta la dureza de los debates políticos que se llevan por el ancho mundo.
Al parecer la mayoría de militantes y seguidores socialistas se han sentido eufóricos por la actuación de Pedro Sánchez, quien haciendo tabla rasa del pasado que representa, suele presumir de ser "un político limpio". Es muy probable que lo sea, en efecto, puesto que hasta la fecha presente no ha tenido oportunidad de ser otra cosa. Pero yo le pediría a él y a sus seguidores que se acuerden del año 93, cuando Felipe González ganó las elecciones frente a un José María Aznar que no paraba de hablar de paro, despilfarro y corrupción y concluía cada frase con un "váyase señor González". Sin duda Aznar podría haber presumido entonces de ser un político limpio frente a un González que acumulaba ya tres mandatos consecutivos y había presidido varios gobiernos bajo los cuales se habían cometido crímenes de estado y escándalos de corrupción como el de Luis Roldán, los fondos reservados y la financiación ilegal del Partido Socialista. ¿Tenía entonces Felipe González la decencia necesaria para presidir el Gobierno de España? Quizá deberían pensar en ello esos militantes y simpatizantes socialistas que se han sentido tan eufóricos por lo ocurrido en la noche del pasado lunes.
No creo que Pedro Sánchez consiguiera atraer nuevos votos para su candidatura y creo que el gran riesgo al que se enfrenta es que acaben resultando proféticas las palabras que le dirigió su oponente: "De una derrota uno puede recuperarse, pero uno no se recupera nunca de una indignidad como la que ha cometido usted aquí esta noche". Falta muy poco para que conozcamos el veredicto de los electores.
Siempre se ha dicho que los periodistas no deben convertirse en los protagonistas de la noticia, aunque todos sabemos que los medios informativos tienden a valorar o despreciar los hechos noticiosos en función de sus intereses, de su orientación ideológica y de sus preferencias. El diario EL PAÍS, con el debate que organizó el lunes por la noche, nos ha dado esta semana un ejemplo deplorable. Días y días de promoción previa, en los que casi venían a decirnos que el resultado del 20D sería una consecuencia directa de este debate que ellos había organizado y que iban a difundir por Internet. Al día siguiente, un titular a cinco columnas en la portada y una docena de páginas dedicadas a glosar los distintos aspectos de lo dicho por Sánchez, Rivera e Iglesias. El autobombo llegó al delirio cuando publicaron una encuesta hecha por ellos mismos y según la cual ¡el 26% de la población! había seguido el debate. Ya hace años me sentí muy decepcionado cuando vi que en las páginas del diario madrileño se hacía más hincapié en promocionar la venta de un juego de sartenes que en dar buena información a los lectores. Mucho me temo ahora que los directivos de esa casa han perdido el sentido de la mesura y con su comportamiento lo que nos están anunciando es el comienzo de su propia decadencia.
Debo reconocer, pese a mis críticas por sus excesos, que la iniciativa era muy oportuna y seguí el debate entre los líderes de Podemos, Ciudadanos y el PSOE con gran interés. Mi conclusión general es que fue un debate bastante flojo. Supongo que el Presidente del Gobierno hizo mal en no aceptar la invitación de los organizadores, pero si hubiera estado probablemente el resultado global habría sido aún peor. Demasiados temas para tratar, cierta precipitación y nervios de los candidatos, necesitados de aprovechar bien el tiempo para exponer sus propios programas y al mismo tiempo criticar el programa de los otros.
Me sorprendió que los internautas dieran como ganador a Iglesias, porque fue él precisamente quien cometió el mayor patinazo de la noche. Aseguró falsamente, para criticar las llamadas "puertas giratorias" entre la política y la alta dirección de las empresas, que Trinidad Jiménez, ex-ministra socialista de Sanidad y de Exteriores, era miembro del Consejo de Administración de Telefónica. Un patinazo que demuestra que Iglesias no había estudiado con suficiente aprovechamiento la información preparada por sus ayudantes.
Toda la obsesión de Albert Rivera era meter al Partido Popular y al Partido Socialista en el mismo saco de corrupción e ineficacia. Y toda la obsesión de Pedro Sánchez era, por un lado, situar a Rivera en el campo de "las derechas"; y por otro, llevar a Pablo Iglesias hacia el campo de la extrema izquierda. Y toda la obsesión del líder de Podemos era disputarle a Sánchez la legitimidad de las políticas socialdemócratas. Rivera cree que la solución a los problemas de España comienza con la liquidación del binomio PP-PSOE, Sánchez lo fía todo o casi todo al dominio del BOE ( prometió una decena de derogaciones inmediatas si llega a La Moncloa) e Iglesias parece creer que somos la Suiza del sur, porque tiene un referendum para cada problema.
En el aire quedó la impresión de que cualquiera de estas tres fuerzas podría llegar a formar gobierno con cualquiera de las otras dos, aunque la combinación más probable sería PSOE-Ciudadanos. En mi opinión, lo más rechazable de todo lo expuesto por Rivera fue su propuesta de que una parte de los diputados se elijan en distritos o circunscripciones unipersonales: eso socavaría aún más la ya escasa proporcionalidad de nuestro sistema electoral. Más interesante me pareció la propuesta de Iglesias para que la circunscripción electoral sea la comunidad autónoma y no la provincia. Lo más rechazable de lo expuesto por el líder de Podemos, aparte del inaceptable referendum para Cataluña, fue su eslogan del final: "Adiós 1978, hola 2016". No habló del "candado" del 78, pero me parece absurda esa insistencia en considerar obsoleta la Constitución del 78, porque estoy convencido de que el parlamento español no podría aprobar hoy una ley de leyes mejor que aquella. ¿Y qué fue lo más rechazable de lo dicho por Sánchez? Quizá esa manía derogatoria que mostró a lo largo de toda la noche. No creo que el debate sirviera para decantar muchos votos hacia cualquiera de los contendientes, pero sirvió para que vayamos conociendo algo de sus programas. Lo malo es que una cosa son los programas y otra las realidades a las que uno se enfrentan cuando le encomiendan los mandos de la nave. No hay más que recordar lo que le pasó al bueno de Alexis Tsipras en Grecia.