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Hay quien define el enamoramiento como una pérdida total, aunque por fortuna temporal, de los sentidos. ¿Y qué se le puede decir o aconsejar a alguien completamente obnubilado por el sentimiento que se ha apoderado de su mente y su corazón? Con profunda tristeza vemos cómo una buena parte de nuestros compatriotas catalanes han caído en ese enamoramiento desaforado, tan propio del romanticismo decimonónico. El objeto de su amor y su obnubilación es una quimérica nación catalana, sometida contra su voluntad por una España explotadora; y que, a semejanza de los esclavos del coro de Nabuco, clama por su libertad.
No quisiera emplear palabras que puedan ofender a alguien, pero sinceramente creo que estos ciudadanos catalanes, y hasta el día de hoy españoles, dan muestras de un delirio quijotesco. Como todo el mundo sabe, Don Quijote, el personaje más universal que han dado las letras hispanas, estaba siempre dispuesto a hacer probar la fuerza colosal de su brazo justiciero a todo aquel que no reconociera en el acto que Dulcinea era la más bella de cuantas beldades habitaban la tierra. Después del día 27 los secesionistas catalanes quieren hacernos probar a todos la fuerza arrolladora del pueblo de Cataluña, del cual se consideran únicos representantes legítimos. Ya lo han dicho con claridad meridiana: no hay leyes ni gobiernos ni tribunales que puedan detener esta marcha triunfal del pueblo de Cataluña hacia la tierra prometida.
Si admitimos que Don Qijote es la más acabada representación de una de las dos caras del alma hispana, tenemos que llegar a la conclusión, un poco paradójica, de que no pisan hoy la piel de toro unos españoles más españolazos que los secesionistas catalanes. Porque lo suyo es la quintaesencia de lo quijotesco, con grandes probabilidades de que alguien -incluidos ellos mismos- resulte malherido en la aventura.
Sería interesante dejar que una coalición tan absolutamente contradictoria como la que forman los separatistas catalanes intentara llevar adelante su proyecto y ver en que paraba un empeño como ese. Pero, como dice el refrán español, con las cosas de comer no se juega. O como decía el conde de Romanones, los experimentos hay que hacerlos con gaseosa.
Cabe esperar, pese a todo, que la cordura acabe imponiéndose. Que sean más los que comprendan que a España y a los catalanes no les ha ido tan mal a lo largo de la historia. Que sean mayoría los que piensen que juntos nos puede ir mejor que si vamos por separado. Que sean mayoría los que comprendan que no pueden ejercer unos presuntos derechos saltándose los derechos de los demás. Y en resumidas cuentas, que sean mayoría los que comprendan que a Cataluña difícilmente podrá irle mejor de como le ha ido en estas últimas décadas de España constitucional.
Después de lo ocurrido en la última manifestación del 11 de septiembre, ya no puede decirse que la Diada -la fiesta nacional de Cataluña- represente a todos los catalanes, sino sólo a una parte de los mismos, aunque se trate de una parte muy amplia: la mitad y un poco más o un poco menos de los habitantes actuales de la comunidad autónoma. En el escenario donde antes predominaba abrumadoramente la "senyera" hoy ocupa todo el espacio, sin dejar resquicio alguno para otros símbolos, la "estelada".
En el actual estado de cosas, cuando faltan 13 días para las elecciones, parece claro que las emociones, los sueños, la visión romántica del futuro, la irracionalidad en suma, le van ganando la partida a los datos objetivos, los argumentos basados en el pragmatismo y la realidad de una larguísima historia en común, que no nos ha ido tan mal a la vista de lo que hay por el mundo. Parece como si los independentistas nos estuvieran diciendo al resto de catalanes y españoles: si la realidad se opone a mis deseos, tanto peor para la realidad. ¿Puede existir a día de hoy en política algo más enloquecido que enarbolar un poroyecto de secesión cuando ni siquiera está claro que cuentes con el apoyo de la mayoría de la población?
Y en todo caso, ¿no resulta una completa locura que una parte de los catalanes, en nombre de unos fantasmagóricos derechos que se han inventado, quieran privarnos a todos los españoles de unos derechos que son bien reales y bien reconocidos por toda la comunidad internacional?
Debemos respetar, por supuesto, a esos cientos de miles de catalanes que salen a las calles para decir: queremos un nuevo país, que será mejor y más libre y más próspero. Pero desde el respeto tenemos derecho a decirles: habéis elegido el camino equivocado y no es verdad que vuestro país no sea libre y no es verdad que vaya a ser más próspero por el hecho de una hipotética independencia. Con los datos objetivos en la mano, no es posible decir hoy que en Baviera o en Alsacia se viva mejor y se sea más libre que en Cataluña, pero al parecer las razones ponderadas nada pueden frente a las ilusiones que han construido en su cabeza los portadores de las "esteladas". Los independentistas se nos antojan como un gran ejército de quijotes dispuestos a hacer morder el polvo con su fuerte brazo a todos los gigantes que se interponen entre ellos y el paraíso soñado.
¿No resulta patéticamente quijotesco que el President Mas pretendiera explicar en televisión que la secesión de España no implica la salida de la Unión Europea? Si hemos de creerle, el proyecto que con tanto fervor ha abrazo sólo es una suma de bienes y venturas, sin mezcla de mal alguno. Si finalmente el día 27 una mayoría de electores respaldan ese proyecto en las urnas, se abrirá ante nosotros un largo y penoso camino de espinas.
A mediados de septiembre, como en todos los años anteriores desde que yo tenía memoria, llegó la cuadrilla del espliego. En un par de días montaron el alambique gigante en el camino de la Umbría, junto a un pequeño manantial que llamábamos la Fuente de la Teja. En aquella economía de supervivencia, en la que se carecía de agua corriente en las casas y muchas noches había que alumbrarse con candiles, nadie se podía permitir el lujo de dejar pasar una oportunidad de ganarse un jornal extra, ya fuera en especie o en dinero contante y sonante.
La flor de la lavanda, que tanta fama ha dado a la miel de la Alcarria y a ciertos productos de la industria del perfume, era una de aquellas oportunidades que no se podían despreciar. Había otras aún más duras, como la cosecha de la aceituna o el arranque de las cepas de encina en los montes roturados para destinarlos al cultivo de cereales.
La siega del espliego -cuyas plantas crecían asilvestradas en los mojones, las cunetas, las lindes y los campos dejados en barbecho- era una tarea breve, de una semana a lo sumo, y se acometía de forma individual y colectiva al mismo tiempo. Nadie podía ir a recolectarlo antes de que el alambique estuviera dispuesto y cada día se trabajaba en una zona del término municipal. Pero cada cual segaba para sí, y al caer la tarde, con las hingueras bien sujetas sobre los lomos de las caballerías y llenas hasta rebosar, los segadores se dirigían hacia la Fuente de la Teja, donde los operarios del alambique pesaban la mercancía con sus romanas y llevaban cuidadosamente la cuenta de las arrobas que habría que liquidar a cada uno al final de la campaña.
La costumbre de ir batiendo todo el término según un orden previamente establecido, nos facilitaba mucho la tarea a mi madre y a mí. Ella tenía que preparar el almuerzo para mi padre y mi abuelo, que se habían ido al campo con las primeras luces del amanecer; y yo tenía que llevárselo tratando de recordar, para no extraviarme, todos los detalles de las explicaciones que me daba mi madre. No tardé mucho en conocer con precisión los lugares más distantes de nuestro término municipal y los caminos que llevaban hasta ellos.
De todos los nombres que aún resuenan en mi memoria, son los de las fuentes y manantiales los que conservan un más grande poder de evocación. Sin duda porque están ligados al agua, la base primordial de la vida.
El Presidente de la Generalitat de Cataluña, acompañado por algunos de los más destacados miembros de su candidatura, publicó el domingo día 6 de septiembre, en el diario EL PAÍS, un artículo de contestación a la carta abierta que había publicado siete días antes en el mismo diario el ex-Presidente del Gobierno español, Felipe González.
Lo que más me llamó la atención del artículo de los líderes soberanistas, aparte de la pobreza y ramplonería de los argumentos, fue que estaba mal escrito desde el punto de vista sintáctico e incluso contenía algunas faltas de ortografía ( si bien no eran de las que provocan la suspensión de un examen sin remisión posible). En un primer momento pensé en la escasez de correctores de estilo, como consecuencia de los recortes de plantilla. Pero luego caí en la cuenta ( y lo confirmé leyendo el editorial) de que la dirección del periódico había decidido publicarlo tal como lo recibió, quizá con el ánimo de subrayar la escasa estatura intelectual de quienes inspiran o encabezan el proyecto independentista.
Los firmantes del texto, entre los que se encuentran mi muy querido Lluis Llach y mi no tan querida Carme Forcadell, tienen la osadía de hablar en nombre de toda Cataluña y no de una parte de Cataluña, que es lo que en realidad son. Osadía mal informada, que les lleva a decir cosas como que "Cataluña siempre ha luchado por la paz, la democracia y la libertad". ¿Qué hacemos entonces con los catalanes que se pusieron del lado de la rebelión franquista y luego estuvieron la servicio de la dictadura, como tantos otros españoles, durante décadas?. Osadía que se arrastra hasta la cursilería infumable cuando afirman que "Cataluña ama a España y ha amado mucho a pesar de no ser amada, lo ha dado todo a pesar de no recibir nada a cambio". Si tanto aman a España, ¿cómo es que el idioma español recibe en las escuelas de Cataluña el mismo tratamiento que una lengua extranjera?
Osadía mentirosa hasta la ignominia cuando afirman que en una hipotética Cataluña independiente se podrá seguir siendo español con toda normalidad, mientras que hoy es casi imposible ser catalán en España. Yo he sido opositor y puedo decir lo que pasaba: si eras catalán podías aspirar a cualquier plaza en cualquier parte de España, pero si no eras cataloparlante no podías aspirar a ninguna plaza en ningún territorio donde el catalán es lengua cooficial. ¿Alguién puede imaginar qué carrera profesional le esperaría, en esa Cataluña independiente, a un profesor que, invocando su libertad de cátedra, decidiera dar sus clases en español?
Hay que tener mucha mala fe, mucha voluntad de engañar a la gente, para decir que "Cataluña ha dado mucho y recibido poco o nada, si acaso las migajas cuando no el menosprecio de gobernantes y gobiernos". De una frase como esa cabría deducir que los firmantes del texto lo que quieren es fomentar el odio o la inquina hacia España, en lugar de ese amor que tan hipócritamente proclaman. Hay que tener mucha voluntad de engaño para olvidarse de que una gran parte de la prosperidad actual de Cataluña se debe a las favorables relaciones comerciales con el resto de España. Y hay que tener mucha capacidad de ensoñación para decir que en las elecciones del 27 de septiembre se trata de decidir "si queremos forjar una Cataluña que se asemeje a Holanda o Suecia". Probablemente se parecería más a Albania, como decía Felipe González en su artículo. Ni en Holanda ni en Dinamarca ni en Suecia, paraísos míticos del nacionalismo excluyente, se atan los perros con longaniza. Y a día de hoy -digámoslo con humildad, pero también con el necesario punto de orgullo- este territorio al que llamamos España tiene poco que envidiar de esos presuntos paraísos nórdicos, si exceptuamos el hecho obvio de que ellos tienen una renta per cápita superior a la nuestra.
A la vista de los planteamientos nacionalistas, cabe terminar con una pregunta: ¿es posible sentarse a dialogar con alguien que afirma paladinamente que no piensa respetar el marco constitucional y que el estado español le trata como a un súbdito? Para el Gobierno de España, me parece, ha llegado la hora no de emprender una reforma extemporánea y oportunista del Tribunal Constitucional, sino de adoptar las decisiones que le corresponden, de acuerdo con el citado marco constitucional.
Solía decir Felipe González, al poco de su salida del poder, que con los expresidentes del Gobierno ( que en España son algo más que un simple exprimer ministro) pasa lo mismo que con los jarrones chinos: son piezas valiosas que no se sabe dónde colocarlas. Pero él mismo nos ha ofrecido este domingo pasado una valiente demostración de que los antiguos jefes del Ejecutivo pueden y deben servir para algo más que una función meramente decorativa. Pueden contribuir, con sus ideas, con sus conocimientos, con su influencia y con su experiencia, a la formación de eso que en sociología y política llamamos la opinión pública. Y esa contribución es especialmente necesaria cuando la nación ( o la nación de naciones, al decir decir de algunos) se enfrenta a problemas graves o se halla en una encrucijada en la que no resulta fácil elegir el camino correcto.
El desafío planteado por los nacionalistas catalanes, como lo fue en su día el desafío planteado por el Plan Ibarreche, es un problema grave, para los catalanes y para todos los españoles. Y lo que González ha venido a pedir a los ciudadanos de aquella comunidad, en su carta abierta publicada en el diario EL PAÍS, es que "no se dejen arrastrar a una aventura ilegal e irresponsable que pone en peligro la convivencia entre los catalanes y entre éstos y los demás españoles". La posición del expresidente socialista es casi idéntica a la de los actuales gobernantes del Partido Popular en el sentido de que hay que respetar, cumplir y hacer cumplir la legalidad constitucional, pero tiene la virtud de expresarla con palabras un poco más atinadas.
Con su toma de postura tan contundente, en la que subraya que "ningún responsable puede consentir una política de hechos consumados y menos rompiendo la legalidad", González les está dando también una lección de gallardía a sus correligionarios en Cataluña, que se están quedando en los puros huesos por su falta de coraje para enfrentarse a las trampas, las mentiras y las ensoñaciones del discurso nacionalista. Es lamentable que los socialistas catalanes no hayan sido capaces de decirles a los ciudadanos de esta comunidad autónoma que Cataluña es parte de España y debe seguir siendo parte de España, no sólo porque lo dicen la historia y la legalidad constitucional, sino porque es lo mejor para todos. Es lo mejor desde el punto de vista de la libertad y los derechos democráticos garantizados para todos, es lo mejor desde el punto de vista de la convivencia en paz y en libertad, es lo mejor desde el punto de vista económico y de la prosperidad futura y es lo mejor - o cuando menos lo menos malo - desde el punto de vista sentimental y del lugar que ocupamos en este mundo.
Necesitamos voces como la de González para derrotar a los nacionalistas en la arena política, con datos objetivos y con argumentos bien elaborados y bien planteados. Lo que no necesitamos es hacer más y más concesiones pensando que así se aplacará la fiera - cita González en su carta abierta lo ocurrido en la Italia y la Alemania de los años veinte y treinta del siglo pasado -. La reforma constitucional que proponen los socialistas catalanes sólo serviría para otorgar una nueva base de apoyo a las exigencias nacionalistas. Los hechos diferenciales ya están suficientemente reconocidos en la Carta Magana, ya tienen cauces suficientes para expresarse y ejercerse sin cortapisa alguna. Y lo que tienen que hacer los gobernantes nacionalistas elegidos por el pueblo es ejercer y dar cuenta de cómo ejercen las amplísimas competencias que tienen conferidas. Pero si en lugar de gobernar y procurar el bienestar de sus ciudadanos lo que hacen es adentrarse por un camino de ilegalidad y aventurerismo, entonces la única opción razonable, como si fueran una de las calamidades que atormentaban a Hamlet, será enfrentarse a ellos y derrotarlos.
Las recientes elecciones municipales y autonómicas se han celebrado coincidiendo casi con el trigésimo sexto aniversario de las primeras elecciones municipales celebradas en España después de la dictadura franquista. En aquella ocasión se asistió a una gran victoria de la izquierda ( preludio de lo que luego vendría en octubre de 1982.) Aunque lo cierto es que en muchísimos lugares la lista más votada ( ahora que tanto se habla de eso) resultó ser la candidatura de la derecha, liderada entonces por la Unión de Centro Democrático de Adólfo Suárez. Conviene recordar, por ejemplo, que Enrique Tierno Galván fue alcalde de Madrid gracias a los concejales obtenidos por el Partido Comunista de España, porque el candidato más votado había sido José Luis Álvarez, candidato de la UCD.
Podríamos decir, en cierto modo, que ahora se da una situación muy similar a la de entonces, con Podemos haciendo el papel que en el 79 desempeñaron los comunistas. Los líderes del partido de moda se habían propuesto expulsar de las instituciones a los representantes de "la casta", pero por ahora lo único que han logrado es expulsar a los representantes de Izquierda Unida. Y no creo que ese resultado sea como para felicitarse, si bien es cierto que el clamoroso fracaso cosechado en ciertos lugares emblemáticos ( como el Ayuntamiento de la capital y la Asamblea de Madrid) se lo han ganado a pulso los propios dirigentes de la coalición de izquierdas.
El discurso populista y grandilocuente de los líderes de Podemos ( lo de la "casta", lo de asaltar los cielos, lo del pueblo auditando la deuda, lo de la gente contra los de arriba, etc.) no ha servido para desplazar al PSOE como primera fuerza de la izquierda española. Hacia el final de la campaña resultó casi patético ver a un Pablo Iglesias publicando artículos en los que invocaba el espíritu de Olof Palme. ¿Quién era Olof Palme, por mucho que montara en bicicleta y mucho que viajara en metro sin escolta? ¿Y quién era Tierno Galván, por mucho que Iglesias invocara su espíritu para pedir el voto de los "socialistas de corazón"? Cabe suponer que los socialistas de corazón han votado y seguirán votando a las candidaturas del PSOE.
Así que después de los resultados del 24 de mayo, a los concejales y diputados electos de Podemos ( luego de haber prometido que iban a comerse el mundo por las patas) no les queda otra que negociar acuerdos con la denostada "casta". Ellos mismos se irán convirtiendo en parte de la "casta" a media que vayan descubriendo lo bien que se trabaja en los despachos en comparación con las cadenas de montaje. Es posible colaborar y al mismo tiempo seguir compitiendo por la hegemonía en el campo de la izquierda. Lo malo es que para conseguir la hegemonía y poder ganar las elecciones tienes que ser como Felipe González en el 82. Si Pablo Iglesias, el del verbo florido, consigue hacer ese viaje sin que sus propias huestes lo quemen en la plaza pública, me quitaré el sombrero y reconoceré la brillantez de su diseño para llegar al poder. Continuará.
Una de las cosas más llamativas de los resultados del pasado domingo en Andalucía es que el presunto castigo que iban a dar los electores a los responsables de la corrupción no se ha producido. No es la primera vez que ocurre, pues ya en comicios anteriores, por ejemplo en la Comunidad Valenciana, el partido gobernante, inmerso en numerosos casos de corrupción, volvió a salir triunfante en la cita con las urnas. En esta ocasión, con la victoria de Susana Díaz, podemos decir que ha quedado políticamente impune la corrupción en Andalucía, de la que el máximo responsable es el Partido Socialista de la señora Díaz.

Según las encuestas últimamente publicadas por el Centro de Investigaciones Sociológicas, la corrupción era uno de los principales o más graves problemas de España, pero es posible que muchos ciudadanos andaluces, simpatizantes del PSOE, hayan pensado que, pese a todos los pesares, era mejor seguir confiando las riendas del poder autonómico a los socialistas que permitir un posible ejecutivo de centro-derecha encabezado por el Partido Popular. Pudiera ocurrir también que, de puertas para fuera o de "boquilla", los ciudadanos muestren una enorme preocupación cuando les preguntan los encuestadores pero en la intimidad de la cabina electoral este asunto les tenga sin cuidado.
El partido que ha sufrido un mayor desgaste es el Partido Popular, con una pérdida de medio millón de votos, lo que le hace perder 17 de los 50 escaños que tuvo en el anterior mandato. Está claro, desde mi punto de vista, que muchos votantes anteriores del PP han querido castigar no al candidato andaluz, sino al Gobierno de Mariano Rajoy por las políticas que ha llevado a cabo en la presente legislatura. Es evidente que Juan Manuel Moreno no tiene hoy por hoy el tirón popular que tiene Susana Díaz, pero da toda la impresión de que cuanto más ha viajado Rajoy a Andalucía para la campaña, más votos han perdido.
Una parte de los votos perdidos por el PP ha ido a parar sin ninguna duda a Ciudadanos, que consigue un notable éxito, y puede que algunos hayan ido a Podemos, aunque yo creo que los principales graneros del partido de Teresa Rodríguez han sido los antiguos votantes de Izquierda Unida, la bolsa de abstencionistas que en esta ocasión han decidido acercarse a las urnas y los votantes perdidos por el PSOE. Para Podemos, que no ha conseguido hacer realidad sus expectativas, llega la hora de la verdad, la hora de ponerse el mono de trabajo y pisar el fango, es decir, la hora de la negociación, de pedir algo a cambio de algo y, paradójicamente, de permitir que sigan al mando aquellos a los que, según su líder nacional, había que barrer del mapa.
La propia Susana Díaz ha dicho que piensa gobernar en solitario, pero lo primero que necesita conseguir es la investidura y para ello hace falta que en alguna de las votaciones que habrán de celebrarse en el parlamento andaluz tenga más votos a favor que votos en contra, es decir, una mayoría simple. Puede darse por descartado un pacto de legislatura con Ciudadanos y no sería razonable esperar una abstención del PP, puesto que el grupo que encabezará Juan Manuel Moreno es el primero de la oposición y es el llamado a encarnar una posible alternativa de gobierno. Así pues, la única posibilidad, o al menos la que se configura como más probable, es una abstención de los 15 diputados de Podemos. He aquí otra ironía del destino: aquellos que se veían a sí mismos como los que le iban a ajustar las cuentas a "la casta", han sido colocados por las urnas ante la responsabilidad de permitir que siga gobernando en Andalucía el partido que es el máximo responsable de toda la corrupción y todos los fraudes que se han venido dando en aquella tierra. También pueden optar por mantenerse como espíritus puros y decir no a Susana Díaz provocando una posible repetición de las elecciones. Ello nos llevaría a un escenario cuyo análisis no cabe en estas líneas.
Y el otro gran perdedor de la noche del 22 de marzo, junto con el PP, fue Izquierda Unida, a quien una parte de su electorado parece haber castigado por haber mantenido un pacto de gobierno con los socialistas durante la anterior legislatura. El voto es soberano e inapelable, pero las opiniones son libres. Y a mí me parece un poco injusto este resultado, porque a fin de cuentas Izquierda Unida ha promovido una política coherente con el programa que había ofrecido a los ciudadanos y sin duda ha influido para que la política de la Junta virase hacia los más desfavorecidos ( por ejemplo, en el terreno de los desahucios inmobiliarios.) Pero parece que una parte del electorado de izquierdas, quizá los que siempre sueñan con mantenerse como espíritus incontaminados, no comprenden que en la política, en la gestión de la res pública hay que saber competir y al mismo tiempo colaborar cuando las circunstancias lo exigen o son propicias para ello.